Por Marco Mendoza
El “scroll infinito” es la droga más poderosa que jamás se haya inventado. No se inhala, inyecta o toma: se desliza con el pulgar. Promete información infinita, pero entrega algo más adictivo: estímulo constante (dopamina) sin verificación. En esta economía de la atención, el tiempo ya no se mide en minutos ni en horas, sino en cuánto tardamos en distinguir si lo que vemos en la pantalla es real… o solo convincente.
Los dueños de las redes sociales aprendieron rápido que la verdad es aburrida, lenta y poco viral. Lo que funciona son las emociones como el enojo, el miedo, la indignación. Con la irrupción de videos generados por IA, cada vez más realistas y accesibles, la frontera entre verdad y mentira no se rompe: se diluye. No hace falta censurar la realidad cuando se puede inundar el espacio público con versiones alternativas igualmente creíbles.
Lee McIntyre, en su obra “Sobre la desinformación: Cómo luchar por la verdad y proteger la democracia” (2025), nos alerta de que no vivimos tanto en una era de mentiras como en una de indiferencia hacia los hechos. La posverdad no busca engañar con mayor eficacia, sino conseguir que la gente deje de preguntarse si algo es cierto o de comprobarlo. En este ecosistema, los algoritmos no distinguen entre información y desinformación: solo miden qué contenido mantiene nuestros dedos en movimiento.
Eli Pariser (El filtro burbuja: Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos, 2011) ya había advertido que las plataformas no nos mienten, nos encierran. Cada usuario habita una “burbuja de filtro” donde la realidad se ajusta a sus creencias. La inteligencia artificial lleva esa lógica al siguiente nivel: ahora no solo recibimos noticias personalizadas, sino realidades fabricadas a la medida, diseñadas para confirmar lo que ya pensamos y neutralizar cualquier duda incómoda.
Shoshana Zuboff (La era del capitalismo de vigilancia, 2019), lo explica sin rodeos: el objetivo no es informar, sino predecir y moldear conductas. Gobiernos autoritarios (de izquierda o derecha) y democracias cansadas encuentran en estas tecnologías una herramienta perfecta: no imponer una verdad oficial, sino erosionar la idea misma de verdad compartida. Cuando todo puede ser falso, nada merece ser defendido.
El riesgo no es que creamos una mentira específica, sino que dejemos de creer en cualquier cosa. Como advirtió hace décadas Hannah Arendt en su ensayo “Verdad y política”, el triunfo del poder no llega cuando todos aceptan una falsedad, sino cuando ya nadie confía en los hechos.
En la era del “scroll infinito” y los videos “perfectos” de IA, la pregunta ya no es qué es verdad o mentira, sino si todavía estamos dispuestos a detener el dedo para averiguarlo.
*Marco Mendoza es maestrante en Comunicación Estratégica por la Universidad de Sonora





