Por Nysaí Moreno
En portada: Villa y Zapata en el Palacio presidencial. Foto: Archivo Casasola
¿No se puede?
Pues cuando yo sea grande,
haré que las devuelvan.
—Emiliano Zapata, a los nueve años
En Anenecuilco, Morelos, la tierra no era solo tierra. Era el mapa de la sangre campesina.
Allí donde el maíz brotaba como si la historia misma se sembrara en surcos, nació un niño en un verano de 1879 en una casa de adobe que olía a tortilla recién hecha, a humo de leña y a sudor de caballos. No sabía que su nombre —Emiliano— sería la llama que prendería el fuego de la insurrección.
Creció entre gallos, machetes y surcos. Era el noveno de diez chamacos de Cleofas y Gabriel. Era un niño con los ojos de su madre y la terquedad de la montaña. Montaraz y fiero espíritu de un niño que, desde pequeño, escuchaba la tierra hablarle bajito mientras montaba a caballo descalzo y sin montura; con los dedos enterrados en la crin húmeda del caballo, mientras la palma de su otra mano, plana y abierta, sentía el latido profundo y acelerado a través del pecho del animal.
La tierra le hablaba bajito todo el tiempo: en el crujir de la milpa, en el canto de los arrieros que recorrían los caminos de la sierra hacia Puebla, en el lamento en náhuatl de las mujeres que lavaban en el río, contando cómo los caxlanes (los blancos, los poderosos) se llevaban el agua para sus cañaverales.
Zapata no hablaba náhuatl fluido como sus abuelos, pero lo comprendía en la tierra. Se comunicaba bastante bien. Sabía cuándo una palabra escondía un reclamo, una emoción, y cuándo un gesto contenía siglos de despojo. Aprendió más escuchando a la gente de Anenecuilco y de los pueblos del sur que del catecismo. Y cuando un viejo de Tepoztlán le dijo tlatepani, Emiliano solo asintió: sabía que eso no era halago, era encargo.
La casa bullía con las risas y quehaceres de sus seis hermanas —Celsa, Ramona, María de Jesús, María de la Luz, Jovita, Matilde— y las tareas del campo y juegos rudos de sus hermanos Eufemio, Pedro y Loreto. Los domingos, el humo del tabaco de hoja de las personas se mezclaba con el aroma del pulque curado de fruta, mientras afuera, en el México de Porfirio Díaz, las máquinas de los ferrocarriles rasgaban la sierra y los latifundios crecían como gangrena de cercas y alambres.
Tenía nueve años cuando vio el despojo:
Los jinetes —hombres de la hacienda de San Diego Atlihuayán, hacienda Hospital y otras haciendas— llegaron por montón con papeles sellados y fusiles Winchester. No hablaban náhuatl, hablaban con la lengua fría de la ley Lerdo. Arrebataron las parcelas donde los abuelos de Anenecuilco sembraban frijol y calabaza desde tiempos del Virrey. Cercaron el bosque donde los niños jugaban y buscaban huizaches, y cortaron los árboles donde se trepaban y daban sombra a los muertos en el panteón.
El padre de Emiliano, Gabriel, ante la injusticia, con voz quebrada solo pudo decir:
“No se puede hacer nada”
Y fue entonces cuando él —pequeño, descalzo, con las manos aún manchadas de barro—
pronunció lo que marcaría su vida, como quien alza un puño invisible:
—¿No se puede? Pues cuando yo sea grande, haré que las devuelvan.
No lo gritó. Lo sembró. Como quien planta una promesa en medio del polvo. Una promesa en el inerior de su ser que marcaría su senda.
Anenecuilco fue su escuela. No aprendió en bancos de madera, sino en las huellas de los arrieros, en los cultivos, en los documentos amarillos que hablaban en lengua colonial. Emilio Vera, amigo de la familia, un viejo soldado juarista curtido por la Guerra de Reforma, fue su primer maestro. En un jacal, entre mapas desgastados, no solo le enseñaba letras y números; señalaba hacia la Sierra de Ajusco, contaba cómo su abuelo materno, José Salazar, había combatido en la insurgencia en el sitio de Cuautla de 1812, y que sus tatas Cristino y José Zapata, pelearon en la batalla contra los franceses.
—Tu sangre ya sabe de trincheras—le decía— mientras le pasaba los dedos por un machete antiguo.
Los levantamientos eran un rumor familiar, una herencia ambigua: unos por la república, otros del lado del poder que terminaría por ahogarla.

Su infancia fue un campo:
Un campo herido.
Un campo sembrado de rabia contenida.
Allí, los libros estaban en la boca de los abuelos. Los mapas en los caminos de la sierra.
Y las leyes, en los surcos rotos por la ambición del Porfiriato,
El pequeño Emiliano, entre juegos, siembras, sierra, entierros, despojos y lamentos, iba aprendiendo que la tierra no se pide, se recupera. Fue hijo de arrieros, nieto y sobrino de insurgentes. Su sangre ya sabía del coraje. Y su destino se escribió en ese instante, cuando no aceptó el “no se puede hacer nada” como respuesta.
En ese niño cabía el Sur.
El Sur resquebrajado y fracturado
El Sur que sangraba.
El Sur que, un día, se levantaría con él a caballo.
Más tarde, ese niño lideraría el Ejército Libertador del Sur (ELS).
El aprendizaje del dolor
La muerte llegó pronto a llevarse a sus pilares. Cleofas, su madre, murió cuando Emiliano tenía 16 años. Once meses después, Gabriel, su padre, la siguió. La casa se llenó de un silencio distinto. Las hermanas asumieron el peso con una fortaleza callada. Ellas, junto a Pedro y Loreto, se quedaron al frente de la milpa y los animales. Emiliano y Eufemio, se hicieron arrieros. Recorrieron los caminos entre Morelos, Puebla y Guerrero, tejiendo una red de confianzas, escuchando los mismos relatos de despojo en cada pueblo, en cada lengua: Naⁿwatlahtolli (náhuatl), tu’un savi (mixteco), me’phaa (tlapaneco) y otras que se cruzaban en los caminos.
Fue una juventud entre cercas y pistolas, reuniones y huidas forzadas. A los 18 años, en una fiesta en Anenecuilco, las fuerzas rurales de Cuernavaca lo aprehendieron. La leva, el reclutamiento forzoso, era el destino de los rebeldes. Su hermano Eufemio, bravo y sin temblor, lo liberó pistola en mano y una mirada que no admitía réplica. Tuvieron que huir. Desde entonces, ambos supieron que no se podía confiar ni en el uniforme ni en la ley.
—Ya saben de nosotros Emiliano —dijo Eufemio, bajando la voz mientras amarraba el machete bajo el sarape— Uno de los suyos preguntó por ti en la pulquería.
Emiliano no respondió. Solo ajustó su sombrero y miró hacia el camino de polvo.
—Tendremos que desaparecernos por un tiempo. A donde no pregunten nombres. Y cuando regresemos, que sea con más que rabia.
Emiliano pasó un año trabajando como caballerango en la Hacienda de Jaltepec, Puebla. Allí, entre los lujos de los amos y la miseria de los peones acasillados, vio el rostro completo del monstruo: el Porfiriato no era solo un hombre en Chapultepec, era un sistema de engranajes perfecto que trituraba hombres y pueblos para alimentar el azúcar, el henequén, el ferrocarril.
La palabra se hace arma
De regreso a Morelos, ya no era solo el hermano de Eufemio. Era Emiliano Zapata, un joven que montaba con naturalidad innata, que conocía cada vereda y cada documento. En 1909, los ancianos del pueblo, guardadores de los “títulos primordiales” —esos papeles amarillos del Virreinato que probaban la propiedad comunal—, lo eligieron Calpuleque, jefe de la defensa de las tierras de Anenecuilco, Villa de Ayala y Moyotepec.
Su escuela de la vida ya no eran solo los surcos. Era el archivo. Por las noches, a la luz de una vela, descifraba con ayuda de letrados como Pablo Torres Burgos —un maestro rural de ideas claras— los decretos coloniales. Aprendió que la legalidad era un arma de dos filos: la usaban los hacendados para robar, y él la usaría para reclamar.
En 1910, la injusticia tocó a su puerta con nombre propio. La Hacienda del Hospital cercó tierras del pueblo. Zapata no consultó papeles. Reunió a un puñado de hombres con machetes y palos.
—Vamos por lo nuestro— dijo— Recuperaron la tierra a la fuerza. El jefe de policía, José A. Vivanco, lo declaró bandolero. Para el gobierno, era un forajido. Para los campesinos de Anenecuilco, era el hijo que había cumplido la primera parte de su promesa.
La tormenta que se convierte en ejército
El viento de la historia comenzó a soplar desde el norte. Francisco I. Madero proclamó el Plan de San Luis. A Zapata le llegó un ejemplar. Su mirada se clavó en el artículo tercero: prometía restituir las tierras. Una chispa de esperanza, pero él ya desconfiaba de las promesas de los de arriba.
Se reunió en la clandestinidad con hombres cuyos nombres empezarían a escribirse junto al suyo: Pablo Torres Burgos, el maestro; Rafael Merino; el veterano Gabriel Tepepa; Catarino Perdomo; Margarito Martínez. No eran generales, eran campesinos, arrieros, herreros. Hablaron en voz baja, en el patio de una casa, bajo un mezquite. Torres Burgos viajó a entrevistarse con Madero en Texas. Volvió con una consigna vaga: “Hay que levantarse”.
El 10 de marzo de 1911, durante la feria de Cuautla, el pequeño grupo se encontró. No había uniformes, ni banderas nuevas. Tenían lo que había: machetes, algunas escopetas de caza, fusiles viejos, mucha rabia, y la certeza absoluta de que ya no había vuelta atrás. Proclamaron el Plan de San Luis. Eran unos 60 hombres. Entre ellos estaban Próculo Capistrán, Manuel Rojas, Juan Sánchez, Jesús Becerra, hombres cuyas historias se perderían y quedarían fundidas en la gran historia. Poco después, en un enfrentamiento, cayó Pablo Torres Burgos. La junta revolucionaria del Sur se reunió. Necesitaban un líder que no fuera solo valiente, sino que conociera la tierra y el corazón de la gente. El 29 de marzo de 1911, miraron a Emiliano. Él no buscó el puesto. La necesidad y el destino se lo dieron.

Así nació, no de un decreto, sino de la tierra herida y de una promesa infantil, el Ejército Libertador del Sur (ELS).No era un ejército de cuartel. Era el pueblo en armas. Los soldados se llamaban entre sí “compañeros”. No llevaban uniforme, llevaban pantalones de manta cruda, amarrados con mecates o cinturones de cuero reseco. Algunos rotos, zurcidos, manchados de tierra, de sangre o de cal. Muchos usaban huaraches, y sombreros de paja. Algunos otros, con botas recogidas de los federales caídos. El calzado, como las armas, era lo que se conseguía en el camino. Sus generales eran sus vecinos: su hermano Eufemio, el fiero Otilio Montaño (que luego escribiría el Plan de Ayala), el leal Genovevo de la O; Felipe Neri. Las mujeres, Margarita Neri, Petra Portillo, Amelia Robles, Josefa Espejo —quien luego sería esposa de Emiliano—, algunas fueron no solo “soldaderas”, eran espías, proveedoras, enviaban mensajes importantes, guardianas de la memoria. Algunas otras eran comandantas. Todo era parte de esa red invisibleque sostenía la rebeldía.
Mujeres que También Cabalgaron

El Ejército Libertador del Sur no solo se forjó en los brazos de los hombres. La rabia por el despojo también montó a caballo con faldas y empuñó el machete con manos que antes solo habían acunado hijos o amasado maíz. Entre los muchos nombres que la historia oficial ignoró, hubo uno que los federales pronunciaron con un temor particular. Dicen que se llamaba Margarita Neri. O Ricarda. O Benita. Poco importa. Lo cierto es que donde cabalgaba, los federales temblaban. Y eso es más verdad que cualquier parte oficial.
Dicen que era nativa tlapaneca o quizá mazahua, de Guerrero o Tabasco, quizá Chiapas o Yucatán; nunca se supo con exactitud, pero llevaba la selva en la lengua y machete en mano. Llevaba los cabellos trenzados como serpientes.Y en su mirada, el fuego de mil fogones callados. No era una “soldadera” que seguía a su hombre. Era una comandanta. Su historia llegó a oídos de Zapata como un rumor que ardía: una mujer que, tras ver a su familia diezmada por los abusos de un hacendado, había juntado a un centenar de hombres y mujeres de su pueblo y se había echado al monte. Ella no pedía permiso. Actuaba.
Dicen que siete meses después de levantar a sus primeros cien jinetes y macheteros, su bandera ondeaba sobre hombres que la seguían con la misma lealtad que a cualquier caudillo. Algunos hablaban de mil combatientes bajo su voz —mujeres y hombres que la conocían por su destreza a caballo y su mirada firme—, aunque nadie sabía a ciencia cierta cuántos eran, porque los números en la guerra siempre se deshacen como polvo en el viento.
Margarita Neri cabalgaba con una rabia que no distinguía banderas ni uniformes. Sus levantamientos no era contra un mandatario, sino contra cualquier autoridad que protegiera al hacendado, al juez venal, al que cercaba el agua y robaba la tierra. Primero alzó su machete contra los jefes políticos porfiristas y las tropas de Porfirio Díaz. Su leyenda creció tanto que el propio dictador, desde el ocaso de su régimen en 1910, mencionó su nombre con inquietud en una lista de rebeldes peligrosos.
Pero cuando cayó Díaz y llegó Francisco I. Madero con promesas incumplidas, la rabia de Neri no se apagó. Madero no era la solución; era otro señor de la ciudad que no entendía el surco. Y cuando Victoriano Huerta traicionó y asesinó a Madero, para ella solo fue el cambio de un uniforme por otro. Huerta era el “usurpador”, sí, pero también era el brazo armado de los mismos intereses; la Neri siempre lo tuvo claro.
Y luego vino Venustiano Carranza, el “Primer Jefe”, el constitucionalista. Para Margarita Neri y los suyos, Carranza era la peor de las caras: era el hacendado convertido en caudillo, el que hablaba de ley mientras sus generales —como Pablo González— aplicaban la guerra de exterminio en Morelos, quemando pueblos, violando mujeres, robando la última mazorca. Si con Díaz se robaba la tierra por la “Ley”, con Carranza se quemaba la tierra para que nadie la tuviera.
Por eso, el machete de la Neri no se detuvo. Cuando el ELS se alió con Villa en la Convención y entró en guerra total contra el carrancismo, ella y sus guerrilleros siguieron hostigando en la región de Tierra Caliente y el Estado de México. Su enemigo era claro: cualquier ejército que llevara el yugo a los pueblos. Un coronel carrancista, en un parte desesperado, escribió: “La tal Neri no se amnistía, no negocia. Dice que nosotros somos la nueva plaga, peor que la anterior porque hablamos de Constitución mientras robamos hasta el aire.”

En los campamentos del ELS cambiaba el ánimo con su presencia. El ELS aprendió a respetar a las mujeres. Era parejo el respeto tanto para la Neri, así como para la Generala Josefa Espejo, Juana Ramona, “La China”, María de Jesús “Chucha” Pérez, Rosa Bobadilla, Carmen Vélez, Simona “La Tigresa”, y otras cuyos nombres se perdieron en el humo de la pólvora.
Una tarde, junto al fogón, un joven combatiente —con la camisa rota y los ojos llenos de preguntas— le dijo con curiosidad:
—¿Y usted por qué pelea, doña Neri? ¿Murió su marido en combate?
Neri sacudió la olla con el cucharón, miró el maíz cocido, luego al cielo plomizo y dijo sin levantar la voz:
—Porque hay hombres que creen que la tierra, las mujeres y los hijos son cosas que se les deben. Y yo no le debo nada a nadie.
El silencio fue largo. Ella siempre hablaba de ese modo. Era un misterio su vida, nunca quería hablar de su vida personal.
Margarita Neri no firmó planes ni asistió a grandes convenciones. Su contribución fue más terrenal y sangrienta: atormentar a todo poder opresor, demostrar que la rebelión del Sur no tenía tregua ni perdón para ningún amo, fuera viejo o nuevo. Su rastro se pierde en la bruma de la guerra, como el de tantos. No hay registro de su vida, ni fecha certera de su muerte. Solo quedan los informes militares —porfiristas, maderistas, huertistas y carrancistas— que la temían por igual, y la leyenda popular que la convirtió en un espectro vengativo e implacable, parte del panteón secreto del ELS, donde los santos eran de barro y pólvora, y no perdonaban a ningún faraón.
Su historia era la prueba de que el Ejército Libertador del Sur no luchaba contra un mandatario, sino contra un sistema de despojo que mutaba de nombre. El odio de Margarita Neri, como el de Zapata, no era personal contra Díaz o Carranza. Era un odio contra la injusticia misma, y por eso no tenía fin hasta que la justicia llegara.
Voces en la sombra: La retaguardia de la rebeldía
El Ejército Libertador del Sur no marchaba solo. Detrás de cada hombre y mujer con fusil, había una red de silencios y miradas agudas que tejían la resistencia desde la cocina, el río y el sendero.
Celsa Zapata, la hermana mayor de los Zapata, era la columna de la casa en Anenecuilco. Con Eufemio y Emiliano en la sierra, su mirada, severa como la de un halcón, vigilaba el camino. “Aquí no se llora, se trabaja”, decía a sus hermanas más jóvenes —Ramona, María de Jesús, María de la Luz, Jovita y Matilde— mientras, con movimientos precisos, horneaban pan de maíz extra, curado sin sal para que durara más. Lo envolvían en trapos limpios, junto a bolas de pinole, y lo escondían en cuevas conocidas solo por los arrieros más leales.
—Si los federales preguntan, esto es para los puercos—murmuraba—secándose las manos en el delantal.
El miedo era un nudo en la garganta que se tragaba con hartazgo, rabia y un sorbo de agua de tepache. La firmeza, en cambio, estaba en la espalda erguida al sacar la basura, fingiendo normalidad ante un patrol de rurales.
A unas leguas, en Villa de Ayala, Josefa Espejo, de mirada tranquila y manos hábiles, perfeccionaba otro ritual. Junto a otras mujeres, su tarea no era solo curar heridas, sino pasar municiones. En el mercado, entre los canastos de maíz recién molido para las tortillas, colocaban con delicadeza cartuchos de .30-30 envueltos en hojas de plátano secas. El peso del maíz en la superficie enmascaraba el de la pólvora en el fondo. Una mirada rápida, un gesto casi imperceptible con la cabeza, y el canasto cambiaba de dueño: de las manos de una mujer a las de un niño que parecía ir a jugar, y de ahí a las de un hombre que se perdía entre los surcos al anochecer.
—Cada grano de maíz es una vida— decía la Josefa en voz baja— y cada cartucho, un latido más para nuestra tierra.
En la placita, bajo la sombra de un ahuehuete centenario, don Rosalío, un viejo que había cargado un mosquete con los liberales de Juárez, observaba a los jóvenes zapatistas afilar sus machetes. Mascaba un pedazo de tabaco negro y escupía con desdén.
—En mi tiempo—les decía a quien quisiera oír— también peleamos por la tierra y contra los franceses. Pero esto… esto es distinto. Antes era guerra de ejércitos, de uniformes. Ahora es la guerra del pueblo descalzo. Emiliano no viene a gobernar desde un palacio; viene a devolver lo robado. Eso los poderosos no lo perdonan nunca. Esta raíz es más profunda. — Y señalaba con su bastón nudoso hacia la tierra, como si señalara el origen de todo.
El monstruo de azúcar y acero: El Porfiriato en Morelos
Esa raíz de rebeldía brotaba de un suelo envenenado por la ambición. El “Progreso” de don Porfirio en Morelos tenía el dulce y pegajoso olor de la melaza fermentada. Grandes haciendas azucareras—como la de Pablo Escandón y Barrón en San Diego Atlihuayán, o las de Ignacio de la Torre y Mier, el yerno del presidente— habían convertido los valles fértiles en un mar verde de caña. Para regarlas, desviaron ríos, dejando a los pueblos con arroyos miserables. Para trabajarlas, necesitaban brazos.
La vida en las cuadrillas de peones era la de la condena. Hombres, mujeres y niños vivían hacinados en jacalitos de lámina y carrizo, endeudados de por vida en la tienda de raya del hacendado. Cobraban con fichas que solo valían allí, para comprar maíz gusaneado y frijol a precio de oro. El jornal era miserable, el sol inclemente y el capataz, brutal. “El que se cansa, se muere”, era la ley no escrita.
—¿Cuánto pagaron esta semana? —preguntó uno de los viejos, limpiándose el sudor con un trapo húmedo.
—Cinco fichas, y un puño de maíz con gorgojo —respondió el otro, sin mirar.
—¿Y cuánto debes ya?
—Ya ni sé. Lo mismo que ayer. O más… siempre añaden algo, hasta por el aire que respiras. Aquí uno trabaja para seguir debiendo.
Se hizo silencio. El machete volvió a sonar entre las cañas como si mascullara su propia rabia controlada por la necesidad.
Hombres encorvados desde el alba, cortando caña con machetes desafilados, mientras los dueños paseaban en carruajes o jugaban al billar en sus casonas de columnas neoclásicas. El ferrocarril, esa serpiente de acero que silbaba por la llanura, no llevaba progreso, sino que se llevaba la riqueza robada a Puerto Veracruz, para llenar los bolsillos de unos cuantos en Europa y los Estados Unidos en expansión. El despojo ya no era solo de tierra; era de la vida misma.
El camino al Plan de Ayala
Por eso, cuando Francisco I. Madero triunfó y llamó a licenciar las tropas, en el cuartel zapatista de Cuautlixco hubo un silencio incómodo. Zapata se reunió con los lugartenientes: Otilio Montaño, Genovevo de la O, Magaña, entre otros.

—Nos piden que soltemos los fusiles—dijo Emiliano, recorriendo la mesa con una mirada que ya no era solo de campesino, sino de caudillo. — ¿Y las tierras? ¿Quién nos devuelve las tierras si nos desarmamos?
La histórica entrevista en el Palacio Nacional, en 1911, fue el choque de dos mundos. Madero, pequeño y de modales finos, ofreció a Zapata una hacienda en propiedad por sus servicios. Fue la peor ofensa. Zapata, de pie, con su traje de charro de rancho, sintió que la promesa del niño de nueve años se le encendía en el pecho.
—No, señor Madero—dijo, y su voz resonó en la sala lujosa —Yo no me levanté en armas para conquistar tierras y haciendas. Me levanté para que nos devuelvan al pueblo lo que es del pueblo. — Según los relatos, golpeó con fuerza el cañón de su carabina sobre el escritorio presidencial. Con la mirada llena de rabia encajada en Madero, transmitiéndole que él no hace alianza con traicioneros. Emiliano jamás pudo actuar con cautela, por sus poros destilaba digna rabia, sin precio ni sometimiento.
La desilusión fue un ácido que quemó toda confianza. Madero veía una revolución política; Zapata, una revolución social. La restitución de tierras, la razón de ser de su lucha, se aplazaba en los discursos de la Ciudad de México.
Fue entonces cuando Otilio E. Montaño, el maestro rural que había intercambiado la tiza por el fusil, tomó la pluma. En una casa segura, a la luz de un quinqué, con el murmullo de la noche morelense de fondo, redactó el documento que sería el grito de guerra del agrarismo. Zapata, fiel a su palabra, lo leyó sientiendo desde el fondo de su alma el fuego que jamás se apagará con la estela de su nombre.
El 25 de noviembre de 1911, desde las montañas de Morelos, Emiliano Zapata proclamó el Plan de Ayala. En él, desconocía a Madero por traidor a la causa revolucionaria. Y lanzaba al viento la consigna que era el eco adulto y organizado de su promesa infantil:
“Los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados… entrarán en posesión desde luego de los pueblos de los que han sido despojados.”
Y luego, la frase que resumiría todo, la ley no escrita del sur: “La tierra es de quien la trabaja.”
La promesa de un niño era ahora un frente revolucionario. La insurgencia siendo. El “haré que las devuelvan” se había transformado en el “¡Que las devuelvan ahora!” de un ejército que, lejos de disolverse, se preparaba para la lucha más larga. El Caudillo del Sur no peleaba por un puesto; peleaba por un principio. Y en cada machete que se alzaba en los cañaverales, en cada canasto de maíz que pasaba de contrabando, en cada mirada firme de una mujer en la retaguardia, esa promesa echaba raíces más profundas, imposibles de arrancar.
Esta narración continuará la semana que viene.
Publicado originalmente en http://Avispa

