#Editorial
Si toda plataforma política es intercambiable ¿para qué sirven las siglas y los diferentes partidos? Si lo importante es responderle a la ciudadanía ¿cuál es la diferencia de ir a una elección representando un partido u a otro? Si el compromiso con la ciudadanía es inalterable ¿para qué cambiarse de bancada?
Lo mismo cuando una senadora de pronto amanece panista y quienes votaron por ella se han sentido traicionados, así se debe sentir el electorado de Elly Sallard y de Karina Zárate, que ganaron por mayoría en sus respectivos distritos de Hermosillo. En un mapa pintado de guinda, fueron junto con Alejandra Noriega quienes lograron evitar la mayoría absoluta de Morena en el centro del Estado. Hasta ayer.
Se entiende que la política es también eso, hacer alianzas, construir acuerdos, llegar a puntos comunes para lograr mayorías. Pero los movimientos rocambolescos entre los diputados ex priístas y ex panistas para sumarse, directa o indirectamente, al nuevo partido mayoritario, se parece mucho a esa “politiquería” de siempre, esa que se supone se quiere dejar atrás.
¿Y dónde queda la ciudadanía, la que votó por cual o tal partido o candidato? ¿Habrían votado de la misma forma si hubieran sabido que en un año se cambiarían de camiseta?
Se habla de un pacto entre quienes gobernaban antes y quienes lo hacen ahora, que implicaría la entrega al nuevo gobierno a cambio de no encontrar nada ilícito en las cuentas pasadas. Más allá de especulaciones, al no haber una oposición articulada y de peso, se ha dicho que el verdadero debate político está dentro de la nueva corriente, Morena y aliados.
El problema es que los otrora adversarios resulten ahora ser mayoría dentro de esa corriente, puesto que se recibe de todo y a todos, con un pragmatismo difícil de entender.
Porque si la democracia es el otro, ¿Qué pasa si no hay otro?
Foto: @michelleriveraa
