Tonatiuh Castro Silva

El porfirismo refiere al conjunto de expresiones y valores culturales devenidos en un estilo de vida invocado, promovido y ejercido por el Porfiriato –término éste que enfatiza el sentido político de la época, en tanto régimen estatal–. Si bien el porfirismo se ubicaba en un nivel elitista, cuando no era vivido y disfrutado era, por lo menos, atestiguado; tanto el afrancesamiento como el “patriotismo” porfiristas podían observarse en la vía pública, a través de los actos cívicos y de la imagen urbana. Este segundo aspecto ha sido relegado en el análisis histórico, caracterizando al Porfiriato y al porfirismo por la generalización de un estilo francés. No obstante que el régimen impulsó la colonización de ciertas regiones del país y la industrialización por extranjeros, sus paradigmas tácitos para construir una cultura nacional no se basaban en tal aspecto “extranjerizante”, sino en una particular acepción de la patria y sus héroes.

Si bien la mexicanidad se gestó a la par del sentimiento independentista en la última época de la Colonia, y fue en el periodo posrevolucionario cuando encumbró el llamado pasado nacional, fue el presidente Porfirio Díaz quien definió la heroicidad mexicana y un peculiar nacionalismo, al ordenar la creación del Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, que a partir de 1877 honró mediante monumentos a dos héroes de cada estado. Sin embargo, la recurrencia a la imagen de Cuauhtémoc mostró la convicción de que la mitificación del pasado prehispánico era un recurso infalible para la justificación histórica del estado nacional; el resultado del proceso histórico compartido por mexicas, criollos y mestizos era ese estado de “orden y progreso” en el que, paradójicamente, los “indios”, los pueblos originarios y contemporáneos, no tenían cabida.

Los gobiernos porfiristas sonorenses compartieron esa singular visión patriótica al participar en la erección de monumentos y fiestas cívicas y homenajes en otros estados como Michoacán, Chihuahua, Hidalgo, Puebla y Morelos, algunas veces asistiendo y otras, incluso, contribuyendo económicamente. En Sonora, los porfiristas adoptaron ese acervo de héroes y fechas patrias realizando homenajes, dando además un sentido regional al proceso de invención de la tradición y reconfiguración identitaria, apropiándose de la hazaña de Jesús García Corona, cuyo monumento fue erigido en 1909.

Cumpliendo una regularidad histórica perceptible quizás en toda civilización y régimen discursivamente grandilocuente, el Porfiriato tuvo una cúspide falsa, ocurrida en los festejos del centenario de la Independencia mexicana. En la Ciudad de México tuvo lugar un extenso programa que abarcó todo septiembre de 1910, que incluía conciertos, desfiles y cenas, develaciones de monumentos (a Juárez, a la Independencia y a Morelos). A nivel nacional, el gobierno convocó a concursos literarios y escultóricos teniendo por motivo al movimiento independentista, en tanto que los porfiristas de Hermosillo festejaron el centenario inaugurando la escuela Leona Vicario, así como las plazas Hidalgo y Centenario.

El esplendor porfirista se derrumbó pocas semanas después, ante el movimiento cívico de Madero. Aun cuando el estado posrevolucionario inculcó una interpretación maniqueísta del Porfiriato, su política cultural constituyó la sistematización de los paradigmas patrióticos impulsados por don Porfirio y sus científicos.

Publicado originalmente en periódico El Imparcial, sección Cultura, 21 de septiembre de 2004.