El 26 de abril de 1937, en plena Guerra Civil Española, la ciudad vasca de Guernica fue escenario de uno de los ataques más devastadores contra población civil en Europa. Aquel lunes, que coincidía con día de mercado, la localidad recibió a miles de personas provenientes de zonas cercanas, lo que incrementó el número de víctimas durante el ataque.
El bombardeo fue ejecutado por la Legión Cóndor de la Alemania nazi y fuerzas aéreas italianas, aliadas del bando sublevado encabezado por Francisco Franco. La operación, conocida como “Rügen”, tenía como objetivo estratégico destruir infraestructuras clave, pero terminó arrasando gran parte de la ciudad.
Durante más de tres horas, aviones bombarderos lanzaron explosivos e incendiarios que destruyeron cerca del 70 al 85 por ciento de los edificios. Las llamas se propagaron rápidamente, agravando la devastación. Las cifras de víctimas varían según las fuentes, con estimaciones que van desde poco más de un centenar hasta cerca de dos mil fallecidos.
El impacto del ataque trascendió el ámbito militar y generó una fuerte reacción internacional. Fue uno de los primeros bombardeos aéreos contra civiles que captó la atención global, convirtiéndose en símbolo del horror de la guerra moderna.
Además de sus consecuencias inmediatas, el episodio tuvo un profundo efecto cultural. El pintor español Pablo Picasso plasmó la tragedia en su obra “Guernica”, que se convirtió en un emblema universal contra la violencia y la guerra.
A casi nueve décadas del suceso, el bombardeo de Guernica continúa siendo recordado como un punto de inflexión en la historia bélica del siglo XX, tanto por la magnitud de la destrucción como por su significado simbólico en la memoria colectiva internacional.
