A 32 años del magnicidio que fracturó la historia política moderna de México, la dirigencia nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) encabezó este lunes un homenaje a Luis Donaldo Colosio Murrieta. Sin embargo, el acto —marcado por la colocación de una ofrenda floral en Paseo de la Reforma y discursos de unidad— volvió a poner de manifiesto la profunda desconexión entre la narrativa oficial del partido y la memoria colectiva del país.
El evento, liderado por el dirigente nacional Alejandro Moreno, se llevó a cabo sin la presencia de la familia de Colosio, un vacío simbólico que pesó durante toda la ceremonia y que evidencia el distanciamiento histórico de los herederos del candidato con la actual cúpula tricolor.
El discurso oficial frente al “pecado original”
Durante el acto, Alejandro Moreno intentó apropiarse del legado de Colosio, calificándolo como un hombre “valiente” que entendió las dolencias de México y que creía en un partido cercano a la gente.
No obstante, para analistas y un sector amplio de la ciudadanía, este tipo de homenajes raya en la ironía política. En el imaginario colectivo mexicano, el asesinato de Colosio el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, Tijuana, no se recuerda como un ataque externo, sino como la culminación de una violenta ruptura interna dentro del propio régimen priista de la época. Aquella frase de Colosio sobre el “México con hambre y con sed de justicia” es vista hoy no como un lema del PRI, sino como la sentencia de muerte que lo alejó de la cúpula que entonces gobernaba.
El dato: Mario Aburto, el único sentenciado como autor material del magnicidio, permanece en el Penal del Altiplano. Por décadas, su defensa ha denunciado tortura institucionalizada para sostener la cuestionada “tesis del asesino solitario”, una versión oficial que el Estado Mexicano de los años 90 empujó y que la sociedad civil jamás terminó de aceptar.
El llamado de la dirigencia del PRI a usar el ejemplo de Colosio para “exigir carácter, congruencia y valor” choca frontalmente con la crisis de credibilidad y la pérdida de bastiones históricos que el partido enfrenta en la actualidad.
El PRI se desmorona mientras el intenta utilizar la figura del político sonorense como un faro moral de resistencia y cercanía popular, la opinión pública suele recordar que las investigaciones del caso —cerradas, reabiertas y entorpecidas sexenio tras sexenio— son el monumento más grande a la impunidad del viejo régimen.
Más que un homenaje a sus ideales, la ceremonia de este lunes pareció un intento desesperado de la dirigencia por aferrarse a una mística histórica que, irónicamente, el propio partido ayudó a sepultar en aquella tarde de Tijuana en 1994.


