Días de revuelta, días de combate
POR JORGE TADEO VARGAS
En la semana, Claudia Sheimbaum anunció prácticamente que se reactivaría el uso de la fractura hidráulica en México, para la obtención de gas de esquisto, esto con el objetivo – dijo la presidenta – de conseguir la soberanía energética en el país; utilizando de argumento que estamos importando desde Texas más del setenta por ciento del gas que se consume en México. Ante esto, dice Sheimbaum el gobierno federal se ve en la necesidad de poner en marcha proyectos de fractura hidráulica, mejor conocido como fracking.
Como todos los discursos del gobierno federal, desde los inicios de la cuarta transformación, este intenta ocultar la verdad con retórica contradictoria y mucha demagogia, es decir, que intentan ocultar todos los daños de esta práctica con palabras como fracking sostenible, menos uno de químicos o sustancias tóxicas, entre otros que no son más intentos de legitimar sus daños.

Seamos claros ante la narrativa del gobierno federal. El fracking sostenible o de bajo impacto no existe, decirlo es contradictorio, tanto como decir minería sustentable. Me explico: más allá de los impactos directos que genera la práctica de la fractura hidráulica, esta es una actividad extractiva de alto impacto porque para llevarse a cabo se necesita romper la tierra, es decir, primero se quita todos los nichos ecológicos que “estorban” para comenzar el proyecto, con lo que rompes las dinámicas de un ecosistema, para después literalmente romper la tierra, meter tubería y entonces tenemos otro desequilibrio ecosistémico, del cual como cualquier proyecto minero – el fracking entra dentro de la categoría de minería – no permite ni la recuperación y/o remediación. Decir que se puede hacer de bajo impacto por lo mínimo es ignorancia, por lo máximo es ser cómplices de un ecocidio.
Ahora bien; en que consiste el fracking o la fractura hidráulica: consiste en inyectar a alta presión una mezcla de agua, arena y químicos – más de seiscientos químicos altamente tóxicos – para liberar gas y petróleo atrapados en rocas profundas. Intentar tildar esto de “ecológico” ignora tres realidades científicas fundamentales:
1. El Estrés Hídrico Extremo: Cada pozo requiere entre 9 y 29 millones de litros de agua. En un país donde el norte y el centro enfrentan sequías históricas, destinar agua potable (o incluso tratada) para fracturar rocas es una bofetada a la seguridad hídrica de las comunidades.
2. La Herencia Tóxica: El “agua de retorno” que sale del pozo no solo vuelve con los químicos añadidos, sino con metales pesados y sustancias radioactivas del subsuelo. Su disposición suele contaminar acuíferos por filtración, dejando daños irreversibles.
3. El Metano y la Crisis Climática: El gas obtenido es principalmente metano, un gas de efecto invernadero 80 veces más potente que el CO₂ en un horizonte de 20 años. Fomentar el fracking es, literalmente, echar leña al fuego del calentamiento global.
Estas tres realidades, basadas en la mejor ciencia posible, muestran la contradicción de un gobierno que por un lado habla de planes de restauración y/o remediación para regiones de emergencia sanitaria y ambiental (RESAs) y por el otro proyecta aumentar las zonas colapsadas por la extracción y las regiones de sacrificio. Esta contradicción es muy peligrosa por todo lo que implica mantener a los hidrocarburos con la idea equivocada – de nuevo usando conceptos que no son compatibles – como energéticos de transición, sin buscar verdaderas alternativas.

Ahora bien, pienso que se ha escrito mucho sobre los impactos que el fracking causa, todo lo que se ha escrito tiene como premisa las tres realidades científicas que ya mencione, por lo tanto me parece que es importante centrar el debate en el discurso que el gobierno federal está usando para validar el uso de esta práctica, que tiene tres puntos a analizar:
1. Soberanía energética: Se argumenta que el fracking es necesario para la soberanía energética, olvidando que la verdadera soberanía reside en la resiliencia de los territorios. Sacrificar el agua y el suelo de regiones como la Huasteca o Nuevo León para alimentar la industria transnacional no es soberanía; es extractivismo con otra bandera.
2. La ciencia a conveniencia: Mientras el discurso oficial se dice guiado por la ciencia, ignora más de 2,300 estudios internacionales que documentan los riesgos del fracking para la salud y el medio ambiente. Crear un “comité científico” para buscar una versión sustentable de algo inherentemente destructivo parece más un ejercicio de relaciones públicas que de investigación real.
3. Transición energética fósil: El gobierno defiende el gas como “combustible de transición”. No obstante, invertir miles de millones en infraestructura para fracking ancla al país a los combustibles fósiles por décadas, obstaculizando la inversión real en energías renovables que sí protegerían el patrimonio natural.
El concepto de “fracking sustentable” es una fantasía peligrosa. No se puede proteger el medio ambiente mientras se fractura la tierra y se envenena el agua bajo el pretexto del desarrollo. La cuarta transformación está maquillando o intentando maquillar una práctica que a todas luces no es ecológica, sostenible o sustentable. La verdadera soberanía energética no se encuentra en el fondo de un pozo inyectado de químicos, sino en la protección de los recursos que garantizan la vida. La soberanía no puede construirse sobre territorios de sacrificio o zonas colapsadas.
Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City
Profesor, traductor, escritor, exactivista, anarquista y panadero.





