Alejandro Valenzuela/Vicam Switch

Por sesenta años me he preguntado si alguien vio lo que yo vi. En aquel tiempo había regresado a Bácum, el pueblo donde nací, porque en Casas Blancas, donde teníamos un pequeño y próspero ranchito, no había escuela. Viviendo en la casa de mi abuela Musia, cursé los primeros cuatro grados de primaria en la escuela Benito Juárez.

En aquellos tiempos, por las noches salíamos a orinar al patio. Bácum era entonces un pueblo pequeño, de calles rectas, que lindaba al sur y al este con los campos de cultivo y al norte y al oeste con el río yaqui. En horas de la madrugada, antes del canto de los gallos, el silencio del pueblo era acentuado por los ruidos propios de la noche, los esporádicos mugidos de las vacas y por los ladridos de los perros. Salí al patio y me dispuse a aliviar esa necesidad menor.

Mientras uno hacía eso, era costumbre general entre los hombres mirar al cielo y, si el cielo estaba estrellado, repasar las constelaciones cuyos nombres locales diferían del que les había asignado la astronomía, con excepción de la Vía Láctea. Miré el Carro, el Arado, el Papalote y los Ojitos de Santa Lucía.

Estaba orinando y viendo para arriba cuando, justo en el cenit del mundo, algunas estrellas se empezaron a mover de un lado a otro. Me quedé con la boca abierta mirando la incipiente agitación universal.

No eran estrellas fugaces cruzando el firmamento, como en una lluvia de estrellas, sino un movimiento similar al de las piezas de dominó cuando alguien las revuelve sobre una mesa.

Poco a poco, más y más estrellas se unieron al movimiento y en pocos minutos toda la bóveda celeste estaba inmersa en una frenética danza cósmica. Aquí y allá aparecían pequeños flashazos que duraban sólo un instante. Entonces no lo pensé, pero seguramente eran cataclismos estelares que por la distancia parecen que están desprovistos de ruido.

De pronto, los astros guardaron la compostura, las estrellas se aquietaron una por una y la oscuridad volvió a tender su negro manto sobre aquella noche extraordinaria.

Cuando las estrellas dejaron de moverse, un silencio casi material envolvió al mundo. Parecía como si el fenómeno que acababa de ocurrir impusiera un respeto reverencial a los seres de la noche. El silencio duró un instante, que pareció eterno, hasta que fue roto por el canto de los grillos.

¿Alguien de mi generación se acuerda ese extraordinario suceso?

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Imagen: https://elperiodico.com.bo/detectan-un-movimiento-a-escalas-nunca-antes-vistas-en-el-espacio-intergalactico/