El incendio del antimonumento de los 43 reabre el debate sobre su significado como símbolos de impunidad y memoria. En entrevista, el historiador Camilo Ovalle analiza su papel frente a la justicia pendiente y la responsabilidad social e institucional en un contexto marcado por la desesperanza y la lucha contra el olvido
Texto: Camilo Ocampo
Fotos: Camilo Ocampo
CIUDAD DE MÉXICO. – El 5 de agosto, alguien le prendió fuego al antimonumento de los estudiantes de Ayotzinapa, ubicado entre Paseo de la Reforma y Bucareli, lo que reavivó un debate en la capital: ¿cuál es el fin de un antimonumento? ¿Qué representan para una sociedad? Sobre eso, el historiador Camilo Ovalle conversó con Pie de Página.
“Un antimonumento representa un crimen, una falla, que se expresa también en el espacio público y, más que rememorar, es una denuncia y un mecanismo para el recuerdo de una demanda social, como es el caso, también, de la guardería ABC o de los migrantes. Surgen como una huella para señalar la ausencia de justicia y son colocados frente, o muy cerca, de las instituciones que son señaladas directamente de la omisión de crímenes, y terminan por convertirse en marcas de procesos no resueltos”.
Antimonumentos, parte de nuestra historia
Para Camilo Ovalle, los monumentos tienen un papel fundamental en la construcción de la memoria colectiva: «fijar la memoria en la materialidad respecto a un hecho digno, entre comillas, de ser recordado. Tenemos el ejemplo de los héroes de la patria y la liberación, y tiene como fin construir memoria en el espacio público”.
No obstante, en el mundo actual, los hechos dignos de recodarse parecen ser, más bien, un recuento de infamias.
Ovalle reflexiona:
“Estamos en un mundo colapsado, que comenzó en los setenta, marcado por un proyecto global neoliberal, que ahora nos muestra sus fracturas. Y en ese punto se alzan los antimonumentos.
“En el país, no tenemos realmente certeza. Lo que nos marca es la omisión de las instancias responsables de la investigación y la procuración de justicia. Entonces, los antimonumentos se convierten en estas prácticas y mecanismos necesarios. Son marcas no de lo que pasó, sino de lo que no ha sido resuelto. Los antimonumentos son marcas de la impunidad.
“Al final, los antimonumentos son marcas de pendientes que hay. Quitando o quemando los antimonumentos, las injusticias no se van. Son cosas que van a seguir. También tenemos los museos, que pretenden estabilizar una memoria, que al final dejan muchas cosas fuera. Si uno va al de Antropología, dejan fuera las cosas que desestabilizan, como las culturas vivas, y se mantiene la idea de que ‘el mejor indio es el indio muerto’. Y son cosas que se repiten en todos lados, hasta con los antimonumentos”.
Aunado a esto, el historiador asegura que en el momento de la realidad en que nos encontramos es “la época Gaza”, “en donde tenemos una impotencia horrible en nuestra realidad, junto con lo que pasa en la capital. Vemos crímenes de lesa humanidad que nos mandan un mensaje desesperanzador. Y en lo que tenemos que convertirlo es en un mensaje de esperanza”.
Entonces, “los medios de comunicación tienen una tarea indispensable, y es dar a conocer que hay madres buscando a sus hijos y que siguen en una lucha de justicia. Los medios tienen que dar a conocer sus casos y contribuir a un marco de comprensión más efectivo. Que agarran las palas y salen con las familias a excavar”.
La ciudad de la memoria



Publicado originalmente en Pie de Página
