Miguel Ángel Avilés Castro

No conocí a Luis de la Rosa. Aun así, me duele su muerte.

Quizá porque existen partidas que suponen contrariar el curso que esperamos de la vida.

La vejez nos prepara, aunque nunca del todo, para la despedida.

En cambio, me resisto a comprender que una historia se interrumpa cuando todavía avanzaba con fuerza, cuando aún quedaban proyectos, viajes, descubrimientos y motivos para mirar hacia adelante.

Pienso en el niño que encontró una vocación aqui en Hermosillo y decidió seguirla.

En las horas de aprendizaje, en el esfuerzo silencioso que antecede a cualquier logro verdadero, en el artista que consiguió llevar su trabajo desde Hermosillo hasta algunas de las producciones más importantes de su oficio.

Pienso también en ese viaje a Francia, emprendido por la misma pasión que había guiado tantos años de su existencia, y resulta inevitable sentir una profunda consternación.

Y cuesta no pensar en ese tren, surgido de pronto como una fuerza ciega e implacable, cruzándose en el camino de alguien que viajaba impulsado por sus sueños y no por el presentimiento de un final.

Un tren como un mensajero oscuro del azar, irrumpiendo en una historia que todavía tenía demasiado por contar.

¿A quién se le reclama una ausencia así? ¿A quién se le pregunta por qué la muerte eligió este momento y no otro? Hay personas cuya partida deja tristeza; otras dejan perplejidad.

La de Luis deja ambas cosas.

Quizá por eso aparece también esa sensación incómoda de injusticia. No porque la muerte distinga entre méritos y deméritos —evidentemente no lo hace—, sino porque cuesta admitir- la negación, siempre la negación- que se lleve a alguien que todavía creaba, imaginaba y enriquecía el mundo con su trabajo, mientras tantas formas de mezquindad, de abuso y de vacío parecen prolongarse sin obstáculo alguno.

Tal vez porque no se fue alguien que ya había concluido su camino, sino alguien que todavía estaba construyéndolo.

Porque detrás del artista reconocido había una familia, afectos, ilusiones, metas aún por alcanzar y experiencias que nunca llegarán a ocurrir.

Hay una amarga ironía en todo esto: quien dedicó su talento a dotar de movimiento, expresión y vida a personajes que permanecerán en la memoria de millones, vio truncada su propia historia cuando todavía estaba en pleno desarrollo.

Y mientras uno piensa en ello, surge esa desoladora sensación de que algunas muertes llegan antes de tiempo. No porque exista un momento adecuado para partir, sino porque hay vidas cuya plenitud hace más difícil aceptar su ausencia.

Descanse en paz. Un abrazo con el alma a su familia.

Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/miguelangel.avilescastro.1