La violencia y la falta de oportunidades favorecen el reclutamiento de adolescentes por la delincuencia. La poesía y el arte abren caminos para sanar
Patricia Monreal
En Michoacán, como en la mayor parte de México, la violencia se ha ido normalizando; con ella se transita y se va creciendo. Yuritsikiri Campos Anguiano, docente de telesecundaria en el municipio de San Juan Nuevo Parangaricutiro, lo sabe bien; lo ha venido observando por años con sus alumnos adolescentes en comunidades y localidades.
La desesperanza es una gran aliada para el reclutamiento de menores por la delincuencia organizada en la Meseta Purépecha. “Hay vulnerabilidad y no ven que haya algo en su futuro. Tengo un exalumno que murió hace un año y decía: ‘¿Para qué estudio si yo tengo más dinero que la maestra?’. Un día, un chiquillo vio mi talón de cheque y me dijo: ‘Maestra, ¿por este dinero me aguanta todo el día? Váyase a hacer otra cosa’. Muchos creen que si le dan al cien van a tener lo que quieren, aunque después tengan que morir”.
La intervención de adolescentes en hechos delictivos ha adquirido mayor atención pública en Michoacán en los últimos meses. La participación de dos adolescentes -uno como autor material- en el homicidio del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez (1 de noviembre de 2025), y el asesinato de dos profesoras en el municipio de Lázaro Cárdenas, a manos de un joven de 15 años (24 de marzo de 2026), han evidenciado una problemática gestada por años en el estado.
Docentes como Yuritsikiri Campos, que laboran en localidades inmersas en la violencia y la marginación, son testigos de una realidad que empuja a niños y adolescentes a delinquir.
“Los niños están inmersos en una serie de realidades: la música, la narcocultura. Hace un año hice una encuesta en la escuela donde trabajaba y resultó que el 66.6% de la población del plantel, de un universo superior a los 30 alumnos, empezó a beber a los seis años. Su primera borrachera la tuvieron a esa edad, y fue en su casa o en una fiesta familiar”.
Narra cómo es frecuente que a la escuela los alumnos arriben con sueño, porque permanecen hasta altas horas de la noche conectados al celular, aunque ya se encuentren acostados. “Tenemos un problema serio de atención; los chicos no saben poner atención ni retienen los conceptos porque su pensamiento está en los celulares, en las tabletas, en otras cosas.
“Uno trabaja todos los días con eso. Yo les digo a mis alumnos que ir a la universidad no garantiza ser rico, pero permite ver, conocer, saber y entender otras cosas. Pero el sistema nos está agotando, porque todo el mundo quiere cosas, quiere dinero fácil; no todos, pero la mayoría pasa por eso, porque los papás tampoco tienen recursos formativos ni psicológicos para decir no. Además, está el tema de la cohesión familiar en el contexto que vive la región”.
Bajo esa perspectiva, la profesora apunta que los menores se convierten en carne de cañón de la delincuencia. “Llegan y les dicen: ‘Te voy a dar un iPhone, camisas de marca’, y ellos aceptan, porque desde su familia no tienen argumentos o herramientas para responder que no; los papás están resolviendo sus propios problemas económicos”.

Yuritsikiri se ha desarrollado también como mediadora lectora y promotora cultural, actividad que le ha permitido generar rutas de diálogo distintas con sus alumnos y jóvenes que participan en charlas o talleres que imparte.
Recuerda cómo, hace ya algunos años, cuando dio clases en Aguacate del Sur, municipio de Tancítaro, mataron a uno de sus exalumnos. La violencia en la región se había intensificado de tal forma que establecieron formas alternas de comunicación entre profesores, alumnos y padres de familia.
“Para entonces teníamos claves para hablar, porque si uno lo hacía por teléfono y había un cártel operando, teníamos nada más de tres a cinco segundos para hacerlo libremente; después de eso captaban la llamada y oían lo que estaba uno diciendo. Todo eso lo aprendí allí: había claves y cada determinado tiempo cambiábamos la clave. Por ejemplo, cuando una niña ponía en el grupo: ‘Maestra, mañana no voy a ir porque me duele la muela’, nosotros y todos los niños ya sabíamos que no había que ir a la escuela porque había riesgo.
“Cuando se vino la cosa álgida, nosotros teníamos una población de 70 alumnos y, de esos, la mitad tenía a sus padres desaparecidos; también se llevaron mujeres y niños. Hubo el caso de un niño que se llevaron; apareció luego en Apatzingán, pero su mamá y sus abuelos nunca aparecieron. Los que tuvieron suerte aparecieron muertos. Ahorita hay niñas que no saben dónde quedaron sus papás; creo que es la peor tortura para un ser humano: no saber, porque nunca se cierra el duelo.
“Una señora me decía: ‘Aquí me dejó mi señor, maestra, y aquí me voy a quedar a esperarlo’. Sus hijos se fueron a México, le llaman y le dicen: ‘Mami, véngase para acá’, y ella dice: ‘No, aquí me dejó y aquí me va a encontrar’”.
El homicidio de un exalumno marcó de manera profunda a Yuritsikiri, a quien aún hoy se le quiebra la voz al recordarlo: “Era muy creativo, yo le decía que estudiara diseño. Lo sacaron de la iglesia y lo golpearon tanto que lo reconocieron sólo por la ropa. Cerramos la escuela, yo no quería regresar; mi esposo me dijo: ‘Haz lo que sabes hacer’, y fue así que hice la escuela de poesía: pintamos los muros y baños, llenamos el lugar de soles de papel maché, rescaté libros que iban a quemar y les enseñé a los niños a repararlos. Yo estaba en duelo, pero pude cerrarlo. Cuando pasaban camionetas, los niños lloraban; pensaban que iban a sus casas para llevarse a sus papás. Leíamos poesía, hicimos las Jornadas Sorjuaninas y así transformamos la escuela y los alumnos sentían en ella estar en un lugar seguro”.
En 2025 la contactaron para hacer mediación lectora en Apatzingán. “Yo les dije que sí; nos fuimos en nuestro auto con mi esposo. Sí hubo niños participando. Un maestro muy valiente nos dijo que muchas veces los menores están más seguros en la escuela que en sus casas. Yo ahí trabajé una actividad creativa con ellos, los niños estaban fascinados. La gente se pone gustosa porque encuentra espacios para hablar de lo que está viviendo, de lo que siente”.
Entre las actividades que instrumenta tras las lecturas está el dibujar. “Yo les doy la imagen de una paloma de la paz y les digo que la pinten y que pongan en ella un mensaje. En Nueva Italia trabajé con jóvenes de preparatoria; ahí las niñas, en general, escribían frases como ‘mi cuerpo es mi decisión’, y en el caso de los niños era distinto, muchos de violencia familiar. Un día se me acercó un chico para decirme que su papá estaba en la cárcel, y su maestra no lo sabía. En esos casos yo tengo que hablarles con esperanza, porque si ellos finalmente se están abriendo, uno debe ser cuidadosa en el tratamiento”.
En esas jornadas de trabajo, de manera natural, los menores hablan de los problemas de violencia que han vivido. “Es ahí donde yo digo: ¿y la salud mental?, ¿por qué el Plan Michoacán no habla de salud mental? A lo mejor no se puede dar terapia individual a todos, pero sí terapias colectivas.
“Con el 8-M, enseñé a abordar a los niños e hicimos un libro con sus bordados. Les dibujé milagritos, de esos de corazones, y a partir de las lecturas que realizamos ellos ponían pensamientos. Todo eso sirve porque sacan lo que les está doliendo, y cuando uno habla de lo que le duele ya no se siente tan perdido, porque hay alguien que te está escuchando, que entiende y que hace empatía”.

Portada: Bordados realizados por alumnos de telesecundaria | Fotografía: Cortesía Yuritsikiri Campos

