LUIS ENRIQUE ORTIZ
En la escuela Recursos Hidráulicos de Ciudad Obregón había árboles de moras que daban fruto después de Semana Santa.
Al Tecleador le tocó, en 1971, trepar a cortar y comer las dulces drupas que formaban los codiciados eterios.
Visto de este a oeste, desde la calle California, primera pavimentada de la municipalidad de Cajeme, el plantel de educación primaria tenía a su lado izquierdo a la colonia Hidalgo, a la diestra a La Cumuripa y a sus lodosas espaldas a Las carboneras, el gueto, callampa o favela que resumía la desigualdad del conglomerado urbano de mayor pujanza y crecimiento nunca antes visto en el Valle del Yaqui.
Medio siglo después, la distribución espacial y vecindad del edificio escolar sigue siendo la misma, sólo que Las Carboneras ya no existe, empezó a desaparecer de a poco una noche en que una causa nunca aclarada, consumió en llamas la mayoría de la precarias viviendas con paredes y techos de cartón, como aquellos a los que les cantó una lluviosa noche y madrugada caraqueña, el poeta venezolano Alí Primera.
Los hijos de padres y madres trabajadoras podían desayunar con relativa dignidad y suficiencia en el comedor de la escuela pagando 20 centavos, cantidad justa que la progenitora del suscrito ponía en su manos cada mañana de lunes a viernes, para evitar perder tiempo y recursos invertidos si debía levantarse una hora antes para hacer desayuno. Nunca lo dijo, pero más de una vez Ella llegó al trabajo con el estómago vacío.
Casi todos los lunes servían huevos revueltos con bolonia, frijoles y un pan virginia o tortalisa, los martes era crema de trigo con un plátano, más una torta de bolonia y de los demás días diremos que el olvido los llenó de polvo.
Pero sí, era mucho por un veinte, ya que el comedor se pagaba con subsidios federales del gobierno moribundo de Gustavo Díaz Ordaz, que encabezó una especie de Cuarta Transformación, pero sin libertades democráticas, represor.
Los desayunos escolares desaparecieron en septiembre de 1972, justo al llegar a la presidencia de la República, Luis Echeverría Álvarez, otro chacal autoritario, pero en la casa del Tecleador ya había para entonces manera de comer tres veces diario y hasta la saciedad del eructo, no pocas veces reiterado.
En segundo de primaria las moras fueron el postre más esperado, una especie de anhelo que ni Santa Claus había podido despertar, en especial desde los resultados poco emocionantes de la más reciente Navidad pasada.
Las moras fueron el mayor descubrimiento del Tecleador poco antes de cumplir 7 años: era más que placer, sentir como estallaban entre los últimos dientes de leche y los nuevos.
Tecleador conoció las moras en primero de primaria y tal vez su primera infracción al reglamento escolar, debió ser la fatuidad de subir a los proscritos frutales, por eso lo hacía cuando la maestra comía, pues en ese momento a nadie veía.
En marzo de 1972 las moreras empezaron a florecer y pues si los chamacos, bukis, plebes o escuincles son felices comiendo moras, no compran nada en la “cooperativa” escolar, así que al director se le ocurrió talarlos y hasta el tronco hicieron leña, porque los vi arder una mañana de las vacaciones de ese verano, cuando Tecleador pasaba, rumbo al mercado Unión, de la mano de su abuela.
El trauma por el fruto perdido, trocose en el desarrollo del gusto por duros de harina con salsa huichol y cosas aderezadas con chilimón, chupirules, gomitas de naranja y cualquier cosa que contribuyese a la obesidad infantil y cuyo costo fuese menor a un peso.
Los salarios reales empezaron a crecer vigorosamente en el sexenio de Echeverría Álvarez, cuya parentela política -paralelamente- contribuía en la construcción de la primera organización criminal trasnacional de México, conocida como “Cartel de Guadalajara”. Hasta el gasto escolar de Tecleador creció y mucho, 400% para ser exactos, de 20 centavos a un peso al día, nada mal.
El crecimiento salarial galopante y los presuntos nexos de la familia de la esposa del presidente -María Esther Zuno- con la mafia, que sean explicados por economistas, politólogos o la DEA, en todo caso.
Si algo puede ser indignante, repulsivo, abominable o traumatizante es que esperes un año para comer moras y que en plena floración las moreras sean taladas por órdenes de un hombre que en lugar de ello, debió enseñar a miles de niños a plantar árboles.
Lejos de Ciudad Obregón y los recuerdos que lo acicatean, el Tecleador topó uno como aquellos de los placenteros recreos primaverales de 1971, lleno de verdes hojas y cargado de dulces moras, miles de ellas en decenas de ramas de una sola planta, tan bajitas que se puede cosecha con la mano.
Ahora hay tantas, que se podría hacer con ellas mermelada, pero las del “deja vu” son naturales y así deben permanecer, ojalá este árbol no sea talado nunca. Da para todos, incluso para un cenzontle que madruga y canta a ratos y desayuna y se va.
Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/luisenrique.ortiz1
