Por: Alejandro Valenzuela – Vícam Switch
En la Universidad de Sonora hay un enfrentamiento de dos entes que no tienen la mínima idea de qué hacer con la huelga.
Por un lado, la administración universitaria, además de la torpeza con que ha manejado el conflicto, está maniatada por la política educativa restringida por tres factores que tienden a estrangularla:
Primero, el tope salarial que la administración de Claudia Sheinbaum dice que no existe, pero que, desde el muy neoliberal Miguel de la Madrid, parece tope, hace como tope y camina como tope salarial.
Segundo, la exigencia federal de que las universidades públicas aumenten la matrícula sin crear las condiciones para que eso suceda (lo que en otros ámbitos se llama hacinamiento y aquí le podríamos decir masificación).
Tercero, la reducción del aumento del presupuesto para universidades públicas, que en los últimos años se ha acentuado llegando a una franca reducción (se les da este año menos de los que se les dio el año pasado).
Por otro lado, el Sindicato de Trabajadores Académicos tiene razón en tres puntos esenciales:
Primero, que el incremento del 4% que ofrece la administración no alcanza a cubrir la inflación general, que en promedio ha sido de 5% en los últimos 7 años (lo que representa una caída del poder adquisitivo de los profesores) y mucho menos la inflación de la canasta básica con que se mide el nivel de vida, que ha crecido alrededor del 50% (lo que representa la precarización del trabajo).
Segundo, que la situación de muchos profesores que trabajan por horas se ha agravado. El sueldo tabular de un profesor asociado A (que apenas empieza), si lo vemos en términos unitarios (no hora-salario-mes), es de 30 pesos la hora. Para que dimensione esto, un trabajador de salario mínimo (que ni siquiera necesita saber leer y escribir) anda en 31 pesos la hora.
Tercero, que la diferencia de sueldos entre el profesor promedio (por muy preparado que esté) y los sueldos de los puestos burocráticos más altos, es enorme. Esto no sería, en mi opinión, un problema si no se diera la precarización en los niveles más bajos.
Sin embargo, el STAUS muestra una preocupante falta de estrategia en esta lucha. Esta semana estuve en un conversatorio donde se les explicaría a los estudiantes los motivos de la huelga. Para empezar, había 23 estudiantes de un total cercano a los 40 mil.
Uno de los alumnos preguntó qué haría el sindicato si la administración universitaria no regresaba a las mesas de negociación. Una maestra que estaba en la mesa, a nombre del comité ejecutivo, dijo: “Tenemos la esperanza de que la administración universitaria se siente a negociar”.
¡Recórcholis!, pensé yo. ¿O sea que nuestra estrategia de lucha radica en la esperanza de que nos tomen en cuenta?
Yo propongo que aceptemos el último ofrecimiento, que es igual prácticamente que los anteriores, que levantemos la huelga y nos sentemos a pensar con profundidad qué estrategia de lucha guiará al sindicato en los próximos años.
Primero, se deben diseñar estrategias de lucha contra el deterioro salarial, la desigualdad injustificada dentro de la universidad (hay una desigualdad que está muy justificada) y el deterioro de la educación superior.
Segundo, debemos imaginar mecanismos de lucha que sean permanentes que no nos orillen al todo o nada de las huelgas. Tenemos que elegir líderes sindicales que tengan propuestas novedosas y efectivas (ambas cosas).
Tercero, debemos idear una campaña permanente para elevar el prestigio de la Unison. La sociedad no piensa en la enseñanza que impartimos, la ciencia, la tecnología y las artes que creamos, sino que repite como mantra un eslogan creado de manera aviesa: Que “la universidad siempre está en huelga”. No importan las circunstancias ni el tiempo que haya pasado entre huelga y huelga, el lema se repite difundiéndose como un virus (biológico o electrónico).
Como dijo un compañero en la guardia de anoche: A veces, también perdiendo se gana.





