Columna LETRA DE CAMBIO, opinión sobre salud pública, política sanitaria y tecnología en salud
La selección mexicana llegó este 5 de julio a cuartos de final por primera vez en cuarenta años. Perdió 3-2 con Inglaterra, pero primero se dio permiso de intentarlo. En paralelo, y con mucho menos ruido, el Consejo de Salubridad General publicó diez protocolos clínicos obligatorios para todo el sector y un modelo de certificación con doscientos setenta y tres estándares verificables. Una clínica privada de Navojoa ya cruzó ese umbral. En el sur de Sonora, ninguna unidad pública lo ha hecho. La pregunta ya no es si el sistema puede: es si va a decidirse a jugar.
Por: Dr. Alejandro Arellano Guzmán | Libera Radio Hermosillo
Este domingo, el país entero coreó una frase que llevaba cuatro décadas quedándose corta. “ ¿Y, sí, sí? de México.” La selección mexicana perdió 3-2 con Inglaterra en cuartos de final del Mundial 2026, y aun así el resultado se contó como avance. La razón es simple: desde 1986 el equipo nacional no llegaba a esta instancia. Siete Copas del Mundo consecutivas cayendo en octavos, siete rondas en las que la afición fue aprendiendo a repetir que ya era costumbre no pasar del quinto partido. Esta vez el equipo dejó de ser prisionero de esa costumbre. Ganó cuatro partidos seguidos, jugó los cuartos frente a una selección históricamente superior y perdió con el marcador más apretado posible entre buenas defensas. Salió del torneo cabizbajo, pero no con la cabeza baja de la resignación. Salió con la cabeza baja de quien lo intentó de verdad. Y eso, para un país que había aprendido a jugar a no perder demasiado, es un cambio de tesis que rebasa el terreno deportivo.
El “cómo sí” que el sistema de salud recibió por escrito.
Mientras el país coreaba, otra cosa ocurría con mucho menos ruido. El 30 de marzo de 2026, el Diario Oficial de la Federación publicó el acuerdo que puso en marcha el Modelo de Certificación y Estandarización de Buenas Prácticas en Atención de Servicios de Salud. Meses antes, el Consejo de Salubridad General había puesto en circulación los Protocolos Nacionales de Atención Médica, los PRONAM, con diez instrumentos rectores para prevenir, diagnosticar y tratar las enfermedades de mayor carga en el país. Diez protocolos únicos para el conjunto del sector: IMSS, ISSSTE, IMSS-Bienestar, Servicios Estatales de Salud, fuerzas armadas y sector privado. Doscientos setenta y tres estándares hospitalarios. Cincuenta y un criterios para consultorios adyacentes a farmacia. Una plataforma federal, simoce.csg.gob.mx, abierta para la inscripción de unidades. Y un logotipo con sistema de estrellas para que la calidad tenga, por fin, una representación visual que el usuario pueda leer en la puerta del lugar donde se atiende. El país recibió, en pocos meses, la caja de herramientas que este espacio venía reclamando en tres entregas anteriores. La pregunta ya no es si el instrumento existe. Es si el sistema va a decidirse a usarlo.
Diez protocolos para hablar el mismo idioma clínico.
Los PRONAM no son guías sugeridas. Son los primeros protocolos clínicos formalmente obligatorios para el conjunto del sector salud mexicano, elaborados con más de ochenta especialistas y respaldados en una publicación reciente en Salud Pública de México. Cubren hipertensión arterial, diabetes tipo 2, síndrome metabólico, enfermedad renal crónica, sobrepeso y obesidad, entre otras entidades. Su lógica es simple y su intención es fuerte: que un paciente reciba la misma atención independientemente de la institución donde se atienda primero. En un país con sesenta y nueve formatos distintos de expediente clínico electrónico que no se comunican entre sí —el archipiélago documental que este espacio describió en su primera entrega—, contar con un idioma clínico común es la respuesta técnica más contundente que se ha dado en años. Que exista es noticia. Que se cumpla es la otra historia.

Doscientos setenta y tres estándares y una plataforma que ya recibe inscripciones.
El nuevo modelo de certificación sustituye al Modelo Único de Evaluación de la Calidad, conocido por sus siglas MUEC, vigente durante más de una década. Aquí conviene bajar la voz para decir algo incómodo: el MUEC certificó a un número modesto de hospitales públicos en el país, y su presencia en la red pública del sur de Sonora fue, para ser francos, marginal. Esa historia obliga a recibir el nuevo modelo con interés serio pero sin entusiasmo prematuro. La pregunta no es si el instrumento que se publicó es mejor en el papel: lo es. Es más detallado, cubre nueve tipos de unidades —hospitales, primer nivel, hemodiálisis, ambulatoria, diagnóstico, rehabilitación, salud mental, unidades móviles y atención domiciliaria— y contempla revisión externa con criterios numerados y públicos. La pregunta es por qué creer que esta vez se aplicará donde antes no se aplicó. Y esa pregunta merece una respuesta honesta antes de invitar a nadie a la fiesta.
Lo que las tres columnas anteriores venían pidiendo.
Este espacio ha documentado tres deudas del sistema. Una sobre el expediente clínico electrónico que llega trece años tarde y opera con sistemas que no se comunican entre sí. Otra sobre el médico general que el primer nivel perdió y que las estadísticas siguen extrañando. Una tercera sobre la telemedicina que ya existe en Sonora pero todavía no integra al sur del estado como nodo regional con metas publicables. Las tres entregas reclamaron lo mismo bajo distinto rostro: criterios verificables, plazos, autoridades responsables, datos que se puedan revisar trimestre con trimestre. Los PRONAM responden al primer plano de esa exigencia, porque homologan la atención clínica para que el paciente no dependa de la institución que lo recibió primero. El nuevo modelo de certificación responde al segundo, porque pone los estándares por escrito, los numera y los abre a auditoría externa. Que existan instrumentos no significa que el problema esté resuelto. Significa que, por primera vez en mucho tiempo, no hay coartada para no medirse.
El “díganme cómo sí” del diplomado y el “¿Y sí, sí?” del estadio.
En un diplomado reciente de la Asociación Mexicana de Facultades y Escuelas de Medicina sobre liderazgo directivo en educación médica, una de las ponencias inaugurales dejó una consigna que se ha vuelto referencia entre quienes trabajamos en gestión clínica: “No me digan por qué no, díganme cómo sí.” Es la versión académica del cántico que este país gritó cuatro noches seguidas en el Mundial. Uno se escucha en un auditorio con proyector; el otro, en un estadio con cerveza y tricolor. Los dos dicen exactamente lo mismo. El primero desactiva la cultura defensiva del sistema sin acusar a nadie. El segundo desactiva la costumbre nacional de resignarse antes del inicio. Y los dos convergen en la misma exigencia: dejar de administrar el “no se puede” y empezar a construir el “cómo sí”. Cuando uno revisa los documentos publicados estos meses, el cómo sí de la salud ya está escrito en alguna parte. Está numerado en los protocolos, está desglosado en los estándares, está alojado en una plataforma federal con criterios públicos. La provocación de la consigna se conserva, pero el escenario cambió. Lo que ahora falta no es escribir la ruta. Es que alguien decida caminarla. Y aquí es donde el sur de Sonora tiene una noticia que pasó casi inadvertida detrás de la selección.
Una clínica privada de Navojoa fue la primera en levantar la mano.
La Clínica Hospital San José, en Navojoa, ha hecho público que obtuvo la certificación bajo el nuevo modelo del Consejo de Salubridad General, convirtiéndose en la primera institución del sur del estado en cruzar ese umbral con los criterios actualizados. No es un dato menor. Es la prueba empírica de que el instrumento publicado en el Diario Oficial no se quedó en el papel: que hay auditorías reales, equipos de revisión, procesos de inscripción que funcionan y unidades que, con trabajo sostenido, los pueden cumplir. Es, para seguir con la metáfora, el equivalente clínico de haberse formado en la cancha con la disposición de jugar los noventa minutos, no con la costumbre de aguantar sin recibir. Que esa primera unidad sea privada y se ubique en Navojoa, no en la cabecera regional ni en una unidad pública, dice más de lo que parece. Dice que el modelo opera. Dice que el sur del estado tiene capacidad técnica para acreditarse cuando lo decide. Y dice, también, una verdad incómoda: ningún hospital público del sur de Sonora ha aparecido todavía en esa misma lista. Eso no es culpa del modelo. Es una decisión, o más bien la ausencia de una.
Lo que la selección enseñó y lo que el sistema podría aprender.
Hay una frase futbolera que se ha vuelto lugar común: “perder jugando, no perder esperando.” Esa es exactamente la diferencia entre lo que ocurrió en el estadio y lo que sigue ocurriendo en la mayoría de las unidades públicas del sur del estado. La selección salió a proponer, ganó cuatro y perdió una con dignidad futbolística. El sistema de salud público del sur de Sonora, en cambio, sigue esperando indicación desde el centro para inscribirse en un proceso que la federación ya publicó, ya normó, ya reglamentó y ya abrió a inscripción. Esa espera no es prudencia. Es el mismo hábito nacional que la afición aprendió a perdonar durante siete mundiales y que este año dejó de perdonar. El “hasta aquí llegamos, como siempre” ya no basta como resignación en la cancha. Tampoco debería bastar como argumento en las salas de dirección.
Lo que falta para que el instrumento se convierta en política regional.
Que un hospital privado se certifique es buena noticia para su clientela y razonable para su modelo de negocio. Que un hospital público se certifique es otra cosa: es la garantía, para un usuario que no paga consulta privada, de que la unidad donde lo atienden cumple con los mismos estándares numerados que se publicaron en el Diario Oficial. La experiencia internacional documentada por la Organización Panamericana de la Salud muestra que la estandarización clínica no produce resultados visibles antes de tres a cinco años de aplicación constante. La cohorte que se inscriba en 2026 verá fruto serio hacia 2029. Cada año de espera es un año que separa a una región del estándar nacional. Y la diferencia entre certificar una clínica privada y certificar la red pública del sur del estado es la diferencia entre tener una historia para presumir y tener una política regional de calidad.
Tres compromisos concretos y verificables.
El sur de Sonora podría moverse en tres direcciones sin esperar indicación desde el centro. El primero: que las direcciones de unidades hospitalarias y de primer nivel del sur del estado, especialmente las del sector público, conformen una cohorte regional voluntaria de inscripción en SIMOCE durante el segundo semestre de 2026, compartiendo capacitación interna y costos de auditoría externa donde la normativa lo permita. El segundo: que las autoridades municipales del sur, en coordinación con las jurisdicciones sanitarias correspondientes, abran un tablero ciudadano público actualizable cada trimestre, donde se pueda consultar qué unidades de la región están inscritas en el proceso, en qué fase se encuentran y cuándo recibirían su distintivo. El tercero no cuesta dinero: una campaña de alfabetización sobre el sistema de estrellas y sobre el contenido básico de los PRONAM, conducida desde medios locales, organizaciones civiles y cámaras profesionales, para que el ciudadano sepa qué significa lo que va a empezar a ver en la puerta de las unidades donde se atiende. Ninguno de estos tres compromisos exige reforma legal, presupuesto adicional federal o autorización del centro. Los tres dependen de una decisión regional que, hasta ahora, no se ha tomado.
La letra que esta vez sí trae fecha de cobro — y un primer firmante.
Lo que está en juego no es un sello ni un logotipo. Es la posibilidad de que un usuario en Huatabampo, en Etchojoa, en Bácum, en Cajeme o en Navojoa tenga, por primera vez, una manera comparable de leer la calidad del lugar donde se atiende. La historia mexicana de la certificación hospitalaria obliga a mantener la mano sobre el cuaderno: ya hemos visto a otros modelos publicarse con entusiasmo y aplicarse con cuentagotas. Pero la noticia que llegó desde Navojoa muestra que el nuevo instrumento opera y se puede cumplir. La pregunta, entonces, deja de ser técnica y se vuelve política regional: si una clínica privada del sur del estado pudo, ¿qué le impide a un hospital público hacerlo? La respuesta no está en el Diario Oficial. Está en las direcciones hospitalarias de la región, en las jurisdicciones sanitarias y en las oficinas municipales que aún no han decidido subirse a la primera cohorte.
Esta columna ha venido documentando deudas del sistema con el paciente: la información clínica que no fluye, el médico general que no está, la consulta de especialidad que llega tarde porque hay carretera de por medio. De cada una se dijo que las letras de cambio se cobran o se protestan. Hoy aparece una letra que, por primera vez en mucho tiempo, tiene fecha en el documento, plataforma para presentarla y un primer firmante en el sur del estado. La consigna del diplomado —díganme cómo sí— y el cántico del estadio —¿Y si, sí?— dicen exactamente lo mismo con dos vocabularios distintos. Los dos han recorrido este 2026 en paralelo. Los dos apuntan a la misma decisión: dejar de administrar la resignación y empezar a jugar el partido que se puede jugar. La selección lo intentó y llegó más lejos de lo que la costumbre le concedía. El sistema de salud del sur de Sonora tiene, esta vez, los instrumentos, la plataforma, el precedente regional y el momento. Lo que falta es la decisión.
Díganme cómo sí — porque esta letra ya tiene fecha, ya tiene primer firmante y el plazo lo ponemos entre todos. Y porque el ¿Y si, sí? que este país gritó cuatro noches seguidas también se puede escribir en la puerta de un hospital.
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Dr. Alejandro Arellano Guzmán
Médico | Maestro en Gestión de Salud Institucional | Doctorante en Gestión de Salud
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