Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.
Jorge Fernando Beltrán Juárez [1].
Este mes de septiembre no sólo se festeja un año más de la independencia nacional, también se conmemora en nuestro país el 108 aniversario de la fundación de la Academia Mexicana de la Historia, y a la par el día del historiador y la historiadora. Celebrar, no es sólo recordar a importantes intelectuales, como: Daniel Cosio Villegas, Luis González, Enrique Florescano, Alejandra Moreno Toscano, Josefina Muriel, entre otros y otras que han cultivado la disciplina. Rememorar también conlleva un ejercicio de reflexión sobre los avances que ha tenido el campo a lo largo de las décadas, y por supuesto es inevitable volver a las preguntas elementales: ¿Qué es la historia? y ¿Por qué de ella?
Es ante esta última interrogante que sugiero detenernos para pensar en cómo nos puede ayudar en la comprensión de los dilemas actuales del país, particularmente en el campo político, el cual parece encontrarse en arenas movedizas debido al cruce discursivo entre la izquierda y la derecha. Los canales de difusión clásicos, sumados a los medios digitales, se han convertido en los espacios de disputa, donde las acusaciones, especialmente de la derecha, llevan a preguntarse quién tiene la razón, y es ahí donde la historia juega su papel para la formulación de una respuesta fundamentada.
Como ejemplo, de ese discernimiento, destacan las peroratas de líderes de opinión y personajes de la élite, quienes señalan y acusan ineficiencias del gobierno en turno y le atribuyen los problemas actuales como si hubiesen resultado por generación espontánea, olvidando que hay una responsabilidad compartida y evidenciando su corta mirada al pasado y una memoria difusa y moldeable a su conveniencia.
Dicho en otras palabras, exponen hechos bajo el argumento de la objetividad y la verdad, construyendo un discurso aventurado, pero omitiendo peligrosamente parte de la historia.
Es entonces cuando la Historia entra y nos enseña de forma crítica a los ciudadanos que el pasado se selecciona y se rescata para dominar el presente y a su vez moldear el futuro, es decir, la historia además de ser una labor científica es también una tarea política, en la que el grupo que ostenta el poder distribuye una interpretación, que no es otra cosa más que una explicación histórica dominante, la cual le sirve para legitimarse, pero que se desgasta con el tiempo cuando se apolillan las estructuras y los releva la oposición, como fue el caso del revolucionario institucional.
No obstante, esa verdad entró en crisis y se erosionó cuando se fragmentó el monopolio de la verdad. Dicho en otras palabras, el desmoronamiento de ese monopolio comenzó con la transición política de 2018, pues con el ascenso de la izquierda a la presidencia colisionaron dos bloques: los poderosos y los olvidados.
Los primeros habían usado la historia como instrumento de dominación, mientras que los segundos arribaron con evidencia empírica del abandono y la sombra al que el discurso neoliberal los había orillado, pero que habían mantenido guardada su identidad en la memoria colectiva.
Es entonces que la historia nos alecciona, que el México que se ha comenzado a construir desde hace ocho años es el país de los olvidados y el de la falta de justicia social, y que su legitimidad se sustenta en el beneficio colectivo y no en el distanciamiento mayor de la brecha socioeconómica. En suma, la verdad que nos habían contado no era la nuestra, era la de unos cuantos.
[1] Doctor en Historia. CIESAS-Peninsular.





