Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.

Por: Zulema Trejo Contreras*

Durante mucho tiempo, una parte importante de la historiografía estudió a los pueblos indígenas a partir de sus relaciones con quienes ejercían el poder. En las páginas dedicadas al periodo virreinal o a la formación de las repúblicas, aparecían subordinados a las élites, como grupos que obedecían, resistían o, en el mejor de los casos, establecían alianzas clientelares. El problema de esta mirada no radica solamente en lo que cuenta, sino en lo que deja sin explicar.

¿Por qué una comunidad decidía aliarse con determinada autoridad y no con otra? ¿Qué esperaba obtener mediante una negociación? ¿Qué intereses defendía cuando solicitaba un indulto, ofrecía apoyo militar o aceptaba un acuerdo? Estas preguntas nos obligan a reconocer que las sociedades indígenas no fueron simples receptoras de decisiones ajenas. Tuvieron proyectos, intereses, conflictos internos y formas propias de entender el territorio, la autoridad y la vida colectiva.

Hablar de su capacidad de acción, o de su agencia, no significa negar las desigualdades que marcaron sus relaciones con los poderes virreinales y republicanos. Significa comprender que, en condiciones profundamente desiguales, podían evaluar circunstancias, elegir interlocutores, negociar, rechazar compromisos o modificar sus estrategias. Una alianza no siempre implicaba sumisión; una negociación tampoco equivalía necesariamente a renunciar a la autonomía.

En los últimos años, el interés se ha desplazado de preguntarnos únicamente qué hicieron los gobiernos con los pueblos originarios a indagar qué hicieron estos pueblos frente a los gobiernos y, sobre todo, qué buscaban para sí mismos. Este cambio también permite recuperar la participación de las mujeres, tantas veces invisibilizadas, en las estructuras religiosas, políticas y militares de sus comunidades, así como en las redes que sostenían su organización cotidiana.

No se trata de sustituir una historia de subordinación por otra que idealice a los pueblos indígenas. Se trata de reconstruir sus decisiones en sus propios contextos, atendiendo tanto a sus disputas internas como a sus relaciones con otros actores. Solo así podremos comprenderlos como sociedades históricas complejas, capaces de intervenir en los procesos que transformaron sus vidas. Estudiarlos como protagonistas de su historia no es una concesión: es una exigencia del oficio de historiar.

*Doctora profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora.

Imagen princial: Nacion Comcaac.