Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora

Por Zulema Trejo Contreras*

Estamos acostumbrados a pensar que las palabras significan siempre lo mismo. Sin embargo, el lenguaje cambia junto con las sociedades que lo utilizan. Algunas palabras conservan su forma durante siglos, pero modifican profundamente su significado; otras aparecen para nombrar realidades nuevas que antes no existían o que no habían sido pensadas de la misma manera.

Esto resulta especialmente importante cuando miramos hacia el pasado. Un gobernante del siglo XIX podía hablar de democracia, representación, ciudadanía o libertad, pero no necesariamente entendía esos términos como los entendemos hoy. La democracia, por ejemplo, podía concebirse dentro de sistemas políticos muy restringidos, en los que solo una parte de la población tenía derechos políticos. Leer esa palabra con el significado actual puede llevarnos a interpretar de manera equivocada lo que un documento quiso decir.

Algo semejante ocurrió con la palabra revolución. Durante mucho tiempo estuvo asociada a la idea de movimiento circular, de retorno o giro. La Revolución francesa transformó de manera decisiva su uso político. A partir de entonces comenzó a relacionarse cada vez más con cambios profundos en el orden social y político, y posteriormente con conflictos armados destinados a transformar ese orden.

El lenguaje también cambia cuando aparecen fenómenos nuevos. La ciencia, la tecnología y la vida social obligan constantemente a crear palabras o a dar nuevos sentidos a términos ya existentes. Gobernabilidad, por ejemplo, adquirió un uso político muy extendido para referirse a la capacidad de un gobierno para mantener condiciones de estabilidad, eficacia y conducción institucional. Glocalización, en cambio, surgió para explicar procesos en los que lo global y lo local no se excluyen, sino que se combinan y se modifican mutuamente.

Por eso, estudiar la historia de las palabras no es un ejercicio de curiosidad lingüística. Forma parte del trabajo del historiador. Comprender cómo cambian los conceptos permite leer con mayor precisión cartas, discursos, leyes, periódicos, proclamas y expedientes. Nos ayuda a acercarnos a lo que querían expresar los que escribieron esos documentos y no únicamente a lo que nosotros, desde el presente, creemos entender.

Las palabras dejan huellas. Seguirlas en el tiempo permite escuchar mejor a quienes vivieron antes que nosotros y reconstruir, con mayor verosimilitud, el mundo que intentaron narrar.

Doctora del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora.