Días de revuelta, días de combate

JORGE TADEO VARGAS

Desde hace más de veinte años he buscado responder preguntas socioambientales desde una perspectiva ecosistémica; lo que quiero decir con esto es que mi forma de estudiar – participar – e intentar comprender el mundo, pasa más por la ecología que por las áreas de estudio de las ciencias sociales, de ahí que las problemáticas socioambientales las revise desde esa perspectiva, así como mi entendimiento a cómo las sociedades humanas se comportan con relación a sus entornos ecológicos.

Mi entendimiento de las dinámicas sociales siempre tiene un factor ecológico, por lo que no lo veo desde las formas tradicionales de estudio, sino desde cómo los ecosistemas son los espacios físicos que proteger por sobre cualquier otra acción, dinámica o proceso.

Esto lo hago a sabiendas de que los estudios ecológicos no solo – o no debería limitarse solo – se limitan a las plantas, los animales y el medio ambiente, sino que estudian procesos, sistemas mucho más complejos, donde entran una serie de dinámicas de balance, equilibrio, formas de actuar que nos llevan a hacer estudios complejos de la ecología y donde las actividades antropocéntricas  – tanto para bien, como para mal – son parte de ello y justo desde ahí es que tenemos que estudiar estas actividades, desde la ecología para comprender un poco más cómo es que afectan a todo un macrosistema ecológico.

Esto ha llevado a influir en mi forma de ver y comprender al mundo. Ser biólogo con un posgrado en ciencias sociales, trabajar con comunidades humanas con ciertos grados de contaminación ecosistémica, determina mi forma de pensar en los costos, los riesgos, la recuperación, remediación y/o reparación, así como en la historia y el tiempo. Siempre visto desde la ecología como la forma de estudio transversal a lo que hago.

En estos días donde mi trabajo como profesor de asignatura, pasa por intentar explicarles a estudiantes de diversas ingenierías como el modelo de producción-consumo actual es contradictorio y en el sentido inverso a la ecología y por lo tanto de alto costo para la naturaleza, además de que por cuestiones médicas necesito estar en el mayor reposo absoluto, me he puesto a reflexionar de qué forma podríamos intentar entender el mundo desde la ecología y los procesos ecosistémicos. 

Entenderlo tal vez no para cambiarlo, cosa harto complicada, lo sé, los últimos treinta años de mi vida he participado de forma activa en muchas resistencias socioambientales; pero si ver el mundo – o la realidad actual – desde otra perspectiva usando a la ecología como base desde donde podamos comprender un poco más a las sociedades, la economía, las relaciones entre nosotros y el entorno dentro de un futuro cada vez más incierto.

Desde aquí es que he elaborado una serie de punto a revisar:

·         La naturaleza tiene memoria: las plantas, los animales, los seres vivos en su ambiente prístino, actúan bajo las mismas lógicas que lo que lo hicieron sus antepasados. No han modificado – de forma natural – ninguno de sus comportamientos, exceptuando aquellos que les ayuda a evolucionar, que como sabemos esto es al azar. A esto se le conoce como memoria ecológica. El recuerdo que está inserto en lo que la biota se comporta en un ecosistema. Por otro lado, los seres humanos, nos olvidamos de una generación a otra, comportándonos de forma distinta. A esto se le conoce como el síndrome de las líneas cambiantes que se puede traducir en que cada generación acepta el mundo heredado por la anterior en las condiciones que nos las entregan, normalizando los daños e impactos que las generaciones pasadas han causado. Tener en cuenta que muchas de las problemáticas ecológicas actuales son producto de la mala gestión de generaciones pasadas, que desde la línea cambiante se normalizan y se hacen pocos cambios, viendo las historias de los abuelos desde una idea de No Ficción literaria.

·          La naturaleza se regula y se protege a sí misma: bajo un concepto que se llama efecto cartera, la naturaleza, desde la propia diversidad biológica que existe en un ecosistema se está protegiendo contra cualquier tipo de daño que pueda ocurrir, principalmente biológico – los antropocéntricos matan toda la biodiversidad para darle paso a la mono diversidad económica – incorporando acciones de respaldo ante cualquier emergencia – como inundaciones – que se conoce como redundancia funcional. Es básicamente mantener siempre el “stock” necesario de diversidad biológica que permita al ecosistema un balance y equilibrio en sus procesos.

·         Hablar de recuperación, de reparación o remediación como se hace en la actualidad es ir en sentido contrario del que va la naturaleza. Si cambiamos los procesos ecosistémicos estamos cambiando todo un espacio geográfico que no puede recuperarse. A esto se le conoce como histéresis —donde el camino hacia adelante es diferente al camino hacia atrás— nos recuerda que restaurar un sistema requiere más esfuerzo que el necesario para degradarlo. En resumen, romper las cosas suele ser más fácil que volver a unirlas.

·         Los ecosistemas son frágiles: la biota ha evolucionado para adaptarse a un lugar determinado, por lo que cualquier cambio afecta de forma radical en las dinámicas de los habitantes del ecosistema.  Si bien pueden adaptarse a los cambios, la rapidez con los que estos ocurren hoy en día es casi imposible que se adapten, por lo que estamos pasando por desajustes que se traducen con extinciones masivas imposibles de controlar, además de la pérdida de ecosistemas.

·         La historia importa. Y no me refiero a la historia de la humanidad, sino a la ecología a la que determina lo que somos como planeta y a dónde nos dirigimos. La historia importa porque las opciones disponibles hoy son producto de las decisiones y los acontecimientos que ocurrieron con anterioridad.

·         El pasado ya no predice el futuro. Esa idea de que conociendo el pasado podemos darnos una idea de lo que pasará en el futuro ya no es válida. Una suposición más segura en la gestión ambiental era que el futuro se parecería, en líneas generales, al pasado. Esa suposición ahora es errónea. No hay certeza porque los ecosistemas están siendo modificados a un paso imposible de predecir. Muchos modelos, políticas y objetivos de restauración basados ​​en esa premisa deben replantearse desde cero. Nos enfrentamos a nuevos problemas —nuevos tipos de problemas— y debemos empezar a tratarlos como tales.

·         Existe una conexión en todo el mundo. Los ecosistemas están conectados entre si, lo vemos con las cuencas y como una depende de la otra. Algunas poblaciones existen únicamente porque reciben el aporte de individuos procedentes de hábitats más productivos en otros lugares; lo que denominamos dinámica de metapoblación fuente-sumidero. Si se elimina la fuente, la población sumidero colapsa, aunque las condiciones locales permanezcan inalteradas. Lo que importa es la red de poblaciones que se extiende por todo el paisaje, no solo una. El éxito de un ecosistema depende del éxito del ecosistema en su conjunto y de las conexiones entre sus partes.

Concluyendo: con este breve repaso de algunos punto, ideas, apuntes sobre el cómo la naturaleza, el mundo se comporta, podemos ver que los seres humanos estamos yendo en el sentido inverso a ello, por lo tanto, hemos puesto en jaque al mundo en todo su conjunto y si bien, quienes estamos más conscientes de ello, somos la especie que lo provoca, entonces es necesario reconocer nuestros error y enmendar el camino desde los ejes que rigen el comportamiento de la naturaleza desde que el mundo es mundo.

Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City

Profesor, traductor, escritor, exactivista, anarquista y panadero.

Imagen tomada de: https://www.facebook.com/explorandoconmanuel