Por: Manuel Alberto Santillana

Ciudad de México, 1 abril 2003
“Nada existe ni siquiera los Dioses.” Fueron las últimas palabras del Buda, dicen, en una mañana en que, como la bella y regordeta holandesa Antonia, supo que iba a morir. Sorbo de café negro. Vuelvo al punto, si nada existe, entonces esta novelita, estas palabras que escribo un sábado en la ciudad de México son un aletear de mariposas en Cuernavaca o en el nacimiento de una Tsunami en el corazón del océano pacífico; La mar océano.
Pero resulta que el existir realmente en las letras de un texto y el no existir en la vida real, simultáneamente, hace que en la ficción en sí misma, sí exista. Paradoja, mientras más irreal sea el personaje, más verosímil puede ser. De Sherlock Holmes a Superman, de Helena de Troya a Laura Avellaneda. Tal es la literatura.
Así los sentimientos e imaginación de la señora Dalloway, esa dama elegante de Virginia Woolf , son reales y nos adentramos en ellos. Los amantes, fugaces y eternos a la vez, del Konstantín Kavafis de hace un siglo son también reales; carnales y sensuales aunque hayan sido mitad producto de su recuerdo mitad de su imaginación; el brutal cuento de Onetti donde la esposa de un escritor toma venganza enviando fotos en las que se fotografía como amante, con cada amigo del ex esposo, deja de ser una anécdota que fue verosímil para ser, de verdad, real..
Nota del diario de hoy, Abril del 2003: Razek al Kazem al Khafaj perdió a su mujer, sus seis hijos, su padre, su madre, tres hermanos y las esposas de éstos, explicó a un fotógrafo de AFPcuando le mostraba los ataúdes.
Al Abdel Saddam, Iraquí de trece años, perdió los dos brazos y tiene quemaduras en el 60% de su cuerpo. Será difícil salvarlo. Los médicos del hospital donde le amputaron los brazos piden a alguna organización mundial que trate de llevárselo para darle una atención que le permita vivir. El chamaco, llorando, pregunta ¿Es esta la forma en que vienen a liberarnos?
Nada existe después de esto. Eso es lo real, lo otro es la ficción literaria que nos hace vivir.
II
Aeropuerto de la Ciudad de México, 15 abril 2003
Todo es pasajero en cambio. La fugacidad de los neutrinos, la momentánea vida de los positrones, todo, como dice un tango o un bolerito de rockola de cantina, es fugaz y pasajero.
Los brazos blancos y cilíndricos, bien torneados de la gringa que se encuentra platicando al lado serán, sin duda y pese a todo, los brazos de una vieja que se queje de reumas y diabetes apenas mañana o pasado mañana. Es un decir, claro, es una realidad y una queja también.
El beso que me di apenas ayer con mi padre quien murió hace veintitantos años lo siento aún tan tibio, tranquilo, seguro y a la luz, intenso, como el que le di a mi hijo Alberto la tarde que me vine a esta ciudad de México.
Escribo en la sala de espera del aeropuerto, tomo café negro, memorable, sólo los brazos de la gringa, la gente caminando y los minutos antes de subir al avión.
¿Cómo habrán sido los tiempos y salas de espera en los tiempos de las diligencias?.
Esperando a la Nao que venía de la China, o al barco que iba de Pascua a la Costa Chilena?.
Todo es fugaz, momentáneo, pasajeros o aún más, todo es único e irrepetible. El atardecer que ví en la Habana vieja; húmedo, tibio y color a mulata de fuego que se confunde y no, con el atardecer de una bahía de San Francisco, fría y húmeda, en la que una chilena ojiverde se quitaba el pelo de la cara de una ventisca sin remedio.
Si todo es fugaz, momentáneo, entonces ¿para qué vivir?¿cuál es el sentido de la soberbia, de la vanidad, de la presunción y la importancia personal?¿para que te enamoro si solo disfrutaremos un segundo?¿para qué vivir?.
Por que el amor, la vida, la flor que se abre de los sahuaros, choyas y biznagas del desierto están ahí, plantados ahí desde hace años y les vale madre. Porque leer un poema, cargar un bebé de tres meses mientras me baño con el, mirar la dulce cara de Graciela mientras duerme a mi lado todas las noches, la alegría de mi padre caminando descalzo, la risa que nos une picara y lujuriosamente cuando nos amamos, algunas sesiones de masajes, el flan de Graciela y el pay de queso de Cecilia lo merecen, eso es la vida. Momentos, sólo momentos fugaces e irrepetibles vividos intensamente y sin límites.






