Por: Marco Mendoza
En el mes junio, que proviene del latín de Juno, la diosa romana del matrimonio, las calles de las principales ciudades del mundo occidental y el sur global, se llenan de banderitas multicolor, mensajes de inclusión y maniquíes felices vestidos con camisetas arcoíris.
Pero detrás del maquillaje festivo, hay una verdad del que poco se habla en los medios: en México como en los otros países, la lucha histórica del movimiento LGBTIQ+ ha sido empaquetada, “rebajada” y vendida en cómodas mensualidades por tiendas departamentales, bancos y refresqueras. Ese “apoyo al orgullo”, entonces, parece más una mercancía que una posibilidad de cambio estructural a favor de la diversidad en las empresas que lo patrocinan.
Nomás basta echar un vistazo al calendario corporativo: en cuanto arranca el mes del orgullo, marcas como PepsiCo, Liverpool, BBVA, Aeroméxico, Nestlé en incluso Cinépolis, desempolvan sus campañas “inclusivas”. Aparecen logotipos con arcoíris, promociones “con causa” y spots de treinta segundos.
Pero cuando llega julio, esos colores, -como fin de temporada-, se desvanecen tan rápido como llegaron. El resto del año, la diversidad vuelve a ser un tema “no prioritario” o “sensible”.
Lo irónico es que muchas de estas empresas no promueven políticas reales de inclusión laboral ni tienen directivos abiertamente LGBTIQ+.
Algunos dueños de estas empresas, incluso, han apoyado a políticos y legisladores conservadores que votan contra derechos como el matrimonio igualitario o la identidad de género. Mientras tanto, miles de personas trans viven en la pobreza, y la esperanza de vida para ellas en México no supera los 40 años, de acuerdo a organizaciones de derechos humanos. Pero caray, qué bien se ven los calcetines y corbatas con arcoíris en la sección de moda joven.
En otras sociedades, en países escandinavos como Suecia, Noruega o Dinamarca, no necesitan pintar sus instituciones con colores para demostrar su respeto por la diversidad. Allá arriba en el mapa mundi, los derechos no se venden, se garantizan. Son sociedades donde ser diferente no es una campaña, sino una norma, y donde los niveles de igualdad y felicidad no se maquillan con hashtags, sino que se construyen con políticas públicas y educación desde la infancia.
El llamado capitalismo rosa en México, funciona como un espejo de doble cara: por un lado, visibiliza y celebra; por otro, trivializa e invisibiliza. Este fenómeno del mercado transforma una lucha por derechos humanos en un catálogo vivo de colores, de verano. Y mientras tanto, los verdaderos protagonistas —las llamadas “disidencias sexuales y de género”— siguen siendo marginadas en las estadísticas, ignoradas en la narrativa del marketing el resto del año pero, eso sí, explotadas por el marketing corporativo.
La pregunta no es, entonces, si las compañías deberían celebrar o no el orgullo, sino cómo lo hacen. Porque una banderita arcoíris en la fachada no significa nada si no hay dignidad en la nómina, justicia en las prácticas y verdad en los valores. El orgullo, creo yo desde mi humilde opinión, no es un accesorio. Es una historia de lucha, de sangre y de amor radical. Y eso no cabe en un paquete de edición limitada.
Muchas felicidades a todos mis amigos de la diversidad que están en la lucha de sus derechos en Hermosillo, en Sonora y México, que son algunos.
“Vamos a ser respetuosos de todas las libertades, incluyendo la diversidad sexual. Cero intolerancias, libertad absoluta”: AMLO, tras ganar las elecciones, se convirtió en el primer presidente electo en México en mencionar explícitamente a la comunidad LGBT+ en su discurso de victoria





