Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.

Por Óscar Bernardo Rivera García*

Existen palabras que parecen sinónimos porque las pronunciamos al paso, sin detenernos a escuchar el eco que dejan. Decimos “adolescente” y “joven” como quien señala dos estaciones contiguas del mismo tren, cuando en realidad se trata de paisajes distintos. La diferencia no es solo cuestión de edad, es una forma de habitar el tiempo y el espacio.

Por principio, la adolescencia es, ante todo, una frontera. Es la etapa en que el cuerpo corre más rápido que las certezas y en la que cada descubrimiento parece una revelación definitiva. El adolescente vive bajo el régimen de la intensidad. Todo ocurre por primera vez y, por ello, todo pesa más.

La juventud, en cambio, es el arte de aprender a convivir con las contradicciones. No desaparece la intensidad, pero comienza a dialogar con la experiencia. Si la adolescencia pregunta quién soy, la juventud añade una interrogante más compleja ¿qué quiero hacer con aquello que soy?

La diferencia puede parecer sutil, pero modifica el sentido entero de la existencia. El adolescente suele mirar el mundo como una estructura heredada; el joven empieza a sospechar que esa estructura puede ser transformada. La adolescencia está marcada por el descubrimiento de los límites. La juventud, por la posibilidad de desbordarlos.

Quizá por eso las sociedades han mirado históricamente a los adolescentes con una mezcla de ternura y desconfianza. Se les acusa de imprudentes, de dispersos, de vivir pendientes de modas efímeras. Sin embargo, detrás de esas críticas suele esconderse un temor más profundo que tiene que ver con el miedo que tienen los adultos a recordar que alguna vez cuestionaron lo que hoy defienden.

Los jóvenes, por su parte, cargan con otra clase de sospecha. Se les exige que sean innovadores, pero también obedientes, que desafíen el futuro, pero sin alterar demasiado el presente. Se espera que sean creativos, aunque no incómodos, críticos, aunque no excesivamente críticos.

Nunca ha sido sencillo ser joven, pero en nuestro tiempo la dificultad adquiere nuevas dimensiones. Vivimos en una sociedad donde la incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en una condición permanente. Las promesas que guiaron a generaciones anteriores –matrimonio, un empleo estable, una vivienda propia, una ruta predecible hacia el bienestar– se han vuelto frágiles.

Las juventudes crecen entre crisis climáticas, revoluciones tecnológicas, mercados laborales inestables y una sobreabundancia de información que, paradójicamente, no siempre produce claridad. Tienen acceso a miles de voces, pero a menudo carecen de espacios para ser escuchados. Millones de jóvenes despiertan con la sensación de que el mundo cambia más rápido de lo que alcanzan a comprenderlo. Y, sin embargo, persisten.

Un adulto observa una profesión que desaparece, un joven imagina una nueva forma de trabajar. Un adulto contempla la crisis ambiental con resignación, un joven organiza campañas, modifica hábitos y exige responsabilidades. Un adulto se acostumbra a la desigualdad, un joven pregunta, con una mezcla de ingenuidad y valentía ¿por qué tiene que ser así?

La juventud posee una inteligencia y fuerza particular y no viene únicamente de la energía física ni de la rapidez con que aprende nuevas tecnologías, proviene de la capacidad de asombro. Cuando una sociedad pierde la capacidad de asombrarse ante la pobreza, la violencia o la exclusión, empieza a aceptar como realidades normales que jamás deberían serlo. Los jóvenes, en cambio, conservan todavía esa rebeldía elemental que les permite indignarse. Y la indignación, cuando se acompaña de empatía y reflexión, puede convertirse en una poderosa herramienta de transformación.

La juventud no es una garantía de sabiduría ni una vacuna contra el error. Los jóvenes también se equivocan, dudan y se extravían. Pero acaso esa sea su mayor fortaleza, no temen recomenzar. En tiempos de incertidumbre, esa flexibilidad vale más que cualquier respuesta definitiva.

Si la adolescencia es el despertar de la conciencia. La juventud es el momento en que esa conciencia decide actuar. Y tal vez una sociedad pueda medir su esperanza observando la forma en que trata a sus jóvenes. Si los escucha, el futuro se ensancha. Si los desprecia, el porvenir se encoge. Porque, al final, la juventud no es solo una etapa de la vida. Es una manera de mirar el mundo con la convicción –tan frágil como poderosa– de que las cosas todavía pueden cambiar.

Miércoles 12 de agosto, día internacional de la juventud.

*Egresado del doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora

orivera90@uabc.edu.mx