Por Juan Martín López Calva @m_lopezcalva
Con todo y las profundas y sugestivas reflexiones que han hecho Hannah Arendt, Günther Anders y otros, creo que antes de continuar hablando de cómo la industrialización y la era digital han contribuido a la banalización del mal, hay que hablar de algo que las antecede y forma parte de la construcción y de la potenciación de la banalidad del mal: la ideología.
Sicilia, Javier; Dayán, Jacobo. Crisis o Apocalipsis: El mal en nuestro tiempo (pp. 37-38). (Function). Kindle Edition.
Estoy leyendo un libro muy revelador, conmovedor y profundo que recoge el diálogo entre dos grandes intelectuales humanistas de nuestros tiempos, en el que reflexionan y presentan su pensar y su sentir acerca del mal en el mundo. Se titula: Crisis o Apocalipsis. El mal en nuestro tiempo y sus autores son el poeta católico Javier Sicilia y el especialista en Derecho Penal Internacional, Justicia Transicional y Derechos Humanos, exdirector de contenidos del Museo Memoria y Tolerancia, Jacobo Dayán.
El libro está inspirado en otro diálogo histórico ocurrido en el año 1995 entre Jorge Semprún y Elie Wiesel con motivo de la conmemoración de los cincuenta años de la liberación de los campos de exterminio nazi. En este diálogo, Semprún y Wiesel hablaron de sus experiencias como prisioneros de Buchenwald y Auschwitz, haciendo énfasis en la relevancia de la memoria como una herramienta que puede proteger a los seres humanos de la barbarie, según se cita en la sinopsis y en el prólogo del libro.
Treinta años después de ese histórico encuentro entre dos víctimas del terrible holocausto de los nazis en contra del pueblo judío, Dayán y Sicilia, ambos con una amplia trayectoria de análisis, reflexión y acción en favor de los derechos humanos y de la paz en nuestro país, se sientan a hablar sobre las formas en que siguen ocurriendo hoy episodios de violencia en México y en todo el mundo, que no son solamente hechos aislados sino al igual que en el caso de Hitler, sus generales, su ejército y sus simpatizantes, implican toda una maquinaria, una estructura sistémica de funcionamiento que perpetúa el odio y la violencia, además de una cultura o formas culturales diversas que legitiman, respaldan y aún aplauden esta situación deshumanizante.
Hay dos elementos que hacen especialmente relevante la reflexión de estos activistas por la paz -uno de ellos, Javier Sicilia, víctima además por haber sido asesinado su hijo en la época de la llamada Guerra contra el narco emprendida por el expresidente Calderón-. El primero es que ellos pueden analizar ahora, desde el siglo XXI, con la perspectiva que da el tiempo, el Holocausto, los crímenes del Estalinismo y otros fenómenos violentos del siglo pasado con la información adicional del efecto que han tenido las voces de las víctimas y los esfuerzos por la paz en estas décadas.
Por otra parte, pueden también revisar los episodios de violencia más recientes, incluso los que están ocurriendo hoy en día, desde la óptica de quienes constatan que a pesar de tanto sufrimiento y de las denuncias que se fueron dando después de cada etapa de horror, es muy poco lo que se ha podido avanzar en términos de la construcción de un sistema mundo distinto, en el que quepan todos y todas, en el que los conflictos se resuelvan a través del diálogo, de la política, de la diplomacia y no de la guerra, el genocidio, el intento de exterminar a cualquier precio a quien se mira como enemigo.
Vale mucho la pena detenerse en las distintas caras de este fenómeno del mal en el mundo, desde la relevancia decreciente pero todavía importante de difundir la voz de las víctimas, el hecho de que nadie o casi nadie escucha estas voces y aquilata todo el horror que hay de fondo en estas vidas que fueron cercenadas para siempre -ni las propias familias escuchan y comprenden, dicen algunas de las víctimas-, la forma en que la maquinaria del horror subdivide las tareas para hacer que nadie pueda sentir que tiene la culpa o la responsabilidad sobre lo que ocurrió y la relación de esta “división social de la crueldad” con el término de la banalidad del mal, acuñado por Hannah Arendt para definir esta forma terrible de evasión.
En estas líneas quiero detenerme en el planteamiento de Dayán sobre el peso de la ideología en la banalización del mal y como esta forma de alienación del pensamiento constituye un obstáculo para la posibilidad de generación de conciencia y rechazo cognitivo y afectivo a toda forma de violencia y muerte provocada deliberadamente. Como dice Dayán, la ideología es un elemento importante en la construcción y potenciación de la banalización del mal y este elemento ha estado presente no sólo en el pasado sino que continúa vivo y muy poderosamente activo en este mundo polarizado de hoy, en el que su fuerza se multiplica exponencialmente a través de las redes sociales.
Dayán presenta en esta parte del diálogo el caso de Albert Camus cuando publicó El hombre rebelde, libro en el que cuestionaba críticamente a la iglesia católica, al fascismo y al comunismo en su versión estalinista porque consideraba que habían promovido grandes atrocidades por la imposición de una interpretación unívoca de la realidad. La respuesta de Sartre a través de la revista «Les temps modernes» y de todos los que se asumían como intelectuales y ciudadanos de izquierda no se hizo esperar. Condenaron a Camus acusándolo de hacerle el juego a la derecha y le exigieron retractarse si quería caminar “del lado correcto de la Historia” (p. 38). ¿Les suena ese discurso condenatorio?
En es contexto, cito a Dayán:
Hay también un testimonio de su hija Catherine. Tendría entonces siete años. Al entrar en el estudio de su padre lo encontró muy afligido. “¿Estás triste, papá?”, le preguntó. “No —respondió Camus—; estoy solo”. Hoy en día buena parte de la gente suele defender identidades ideológicas. Las víctimas cuentan o no según la posición política o identidad nacional, religiosa o étnica que se asuma (p. 39).
Esta reflexión es muy actual. Es ejemplificada en el diálogo por la forma en que los mismos Dayán y Sicilia fueron condenados y aislados por la izquierda mexicana cuando reclamaron al presidente López Obrador haber traicionado los acuerdos que había pactado con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que eran los mismos reclamos que se habían hecho a los anteriores presidentes de los otros partidos políticos con el respaldo de toda esa izquierda. El argumento fue el mismo: “estar haciendo el juego a la derecha”, “estar del lado incorrecto de la Historia”.
Hay un buen número de gente sola hoy. Gente que simplemente quiere seguir buscando y afirmado la verdad, seguir buscando y promoviendo la reversión del mal y la construcción del bien humano en esta sociedad herida que siembra cadáveres y cosecha muerte, corrupción e impunidad desde hace décadas.
Desafortunadamente hoy existe aún más gente para la que “…Las víctimas cuentan o no según la posición política o identidad nacional, religiosa o étnica que se asuma…” La ideología mata la empatía porque lleva precisamente a no sentir el dolor humano cuando lo padecen personas, grupos o pueblos a quienes se considera enemigos o simpatizantes de causas que no compartimos. Esto ocurre en los dos bandos en que se ha venido dividiendo a las personas en las sociedades actuales.
Por eso la educación enfrenta hoy el enorme reto de formar nuevas generaciones de buscadores de lo verdadero y lo bueno para todos, no soldados de una u otra ideología.
Publicado originalmente en http://LadoB





