Hacia 1823 la Argentina no estaba en los planes de nadie. En términos concretos, ni siquiera existían las Provincias Unidas del Río de la Plata porque desde 1820, no había gobierno central y periódicamente se sucedían enfrentamientos entre Buenos Aires, por un lado, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y la Banda Oriental por el otro. La frontera entre la primera y los pueblos indígenas libres pasaba por el Salado, un río que transcurre a unos 180 kilómetro al sur de la ciudad que hoy es capital del Estado argentino. Allí comenzaba el vasto territorio donde a pesar de las frustradas apetencias coloniales españolas, florecían las culturas de mapuchegününa kuna aonikenks. Sus campos eran codiciados por los sectores ganaderos y con el doble propósito de explorar las chances de un tratado de paz y dar cuenta de las riquezas de esas inmensidades, el gobierno bonaerense dispuso enviar una misión al mando del coronel Pedro García. Se trató de una tarea de auténtico espionaje que, al retornar, el militar culminó con la elevación de un detallado informe a sus superiores. El texto se publicó por primera vez en 1836 y se volvió a imprimir en la década de 1960. Sus párrafos son muy relevadores, más allá de sus finalidades iniciales.

Después de un trabajoso avance tierra adentro que demandó más de un mes de marcha, el parlamento en el que las partes debían ponerse de acuerdo tuvo lugar el 27 de abril de aquel año en cercanías de Sierra de la Ventana. Si bien el jefe de los enviados bonaerenses conocía las formalidades mapuches porque 13 años antes había participado de instancias similares, armó un círculo con los carromatos que conformaban su columna y aspiró a dialogar en su interior exclusivamente con los loncos principales, es decir, las autoridades políticas de los territorios que visitaba. Pero lxs mapuche tenían otras formas de hacer las cosas. A las 10 de la mañana, un werken (emisario) se aproximó a la posición cristiana para avisar que los dueños de casa estaban por llegar y recomendó a los foráneos, un destacamento de unos 40 hombres, que no se inquietaran ante los sucesos que estaban por presenciar. En efecto, dos horas más tarde unos 200 jinetes se desplegaron como si fueran a dar batalla y avanzaron en formación hacia el reducto de los seguramente inquietos bonaerenses.

A medida que avanzaban sonaban “cornetas y bocinas”, consignó García, es decir, ñorkinkul kul trutruka, instrumentos de viento que todavía se utilizan en las ceremonias y movilizaciones callejeras mapuches. Con el contingente venía el lonco Linkon, uno de los principales de la época. A determinada distancia del emplazamiento huinca, los mapuche se detuvieron para irrumpir en una gritería y cargar en grupos “con sable en mano y lanza, tirando cortes y lanzazos al aire a diestro y siniestro; dando vueltas a toda carrera circularmente alrededor del cacique que se hallaba en el medio, presenciando este ensayo guerrero de su tribu”, interpretó el militar, que era oriundo de Santander (España). En realidad, no era una demostración bélica la que presenció, sino un ritual que, entre otras finalidades, buscaba alejar a los weza newen (fuerzas o energías perjudiciales) del espacio donde iba a transcurrir el encuentro entre las dos partes. Media hora después llegaron nuevas formaciones de jinetes mapuches al lugar, tan numerosas que cubrieron “el horizonte por todas partes, líneas de batalla en ala”. García admitió su conmoción porque aquellos bárbaros presentaban “un aspecto imponente y pintoresco”.

Nueve divisiones

Como su expedición tenía finalidades diplomáticas y de espionaje, uno de sus subordinados anotó con precisión cuántos fueron los grupos mapuches que llegaron al sitio del parlamento, qué lonco ejercía el rol de conducción en cada uno y con qué armas contaban. En conjunto, fueron nueve las “divisiones” que los intrusos contabilizaron, la primera con la guía de Linkon, la segunda de Avouné, la tercera de Anepan y así sucesivamente. En ese pasaje, su diario adquiere gran valor histórico y lingüístico porque la nómina es extensa. Para no hacer demasiado larga esta columna solo diré que la veintena de nombres que reprodujo García provienen del mapuzungun o lengua mapuche, aunque estén escritos de cualquier manera. En conjunto, lideraban a 2.520 hombres, también presentes durante la inmensa asamblea. Quiere decir que 13 años después de la Revolución de Mayo, Sierra de la Ventana y sus inmediaciones eran un núcleo importante de población mapuche. Tuve la chance de estar en la localidad de ese nombre en 2013 o 2014 para presentar uno de mis libros. Por entonces, solo vivía allí una familia mapuche que, además, había migrado desde Bahía Blanca. La limpieza étnica fue tan exitosa como el silenciamiento de la historia.

Volvamos a 1823. Después de cada una de las “divisiones” llevara a cabo su carga contra los weza newen, se formó “una hermosa y regular línea en orden de parada”, anotó García. Se guardó un solemne silencio, hasta que Linkon y Avouné dispusieron que se conformara un círculo, al que ingresaron “todos los caciques”. Entonces, comenzaron las deliberaciones, que se extendieron durante dos horas. Fueron dos las posiciones que se expusieron: el primer de los loncos explicó que no tenía sentido continuar con las conversaciones porque no estaban presentes en el inmenso trawün (encuentro) los rankülche, quienes, en consecuencia, no estarían obligados a respetar los términos del tratado. Propuso conformar una liga con los ausentes para redondear la negociación. El segundo urgió a finiquitar el acuerdo con los huincas y que después, la delegación bonaerense continuara su viaje para acordar con los rankülche. A la comisión de García le convenía que se impusiera el punto de vista de Linkon pero “el pueblo, que hallaba reunido y presenciaba su discurso”, tuvo otro parecer. Finalmente, el gran longko aceptó y se convocó a los delegados de Buenos Aires para que conocieran el dictamen de la masiva deliberación. Por entonces, en territorios que hoy son Perú y Bolivia continuaba la lucha entre republicanos y realistas. La publicidad de los actos de gobierno, una de las demandas de las revoluciones antimonárquicas de los siglos XVIII y XIX, siempre fueron norma entre lxs mapuche.

Fachada democrática

Aunque los consideraba bárbaros y salvajes, García constató que las decisiones políticas entre sus interlocutores se tomaban en el transcurso de enormes asambleas, en las que también podían hacerse presentes mujeres. Documentó además que la voluntad inicial de determinado lonco, por más respetado que fuera, debía ceder si el criterio del conjunto transitaba por otros senderos, como ocurrió con Linkon y los miles de participantes del trawün que se celebró el 27 de abril de 1823. Como contrapartida, en Buenos Aires era muy poca la gente que decidía sobre los asuntos comunes: en 1820 se llevaron a cabo tres elecciones para elegir a los integrantes de la Junta de Representantes. Los ganadores en los comicios de marzo-abril apenas si reunieron 212 votos y en agosto siguiente, la cifra bajó a 109. Los 12 representantes en cuestión elegían al gobernador. En esa ocasión, resultó electo Martín Rodríguez, quien, al año siguiente de las tareas de espionaje, encabezó una invasión hacia Sierra de la Ventana, aunque sin éxito. No solo no pudo vencer a los miles de guerreros que salieron a su paso, además se dejó sorprender por el invierno y su ejército retornó a Buenos Aires en estado calamitoso.

Para 1822, la población de la ciudad se calculaba en 57.000 personas, pero solo votaban los hombres económicamente acomodados. Falazmente, en la historia argentina quedó como democrático Bernardino Rivadavia, hombre fuerte en el gobierno de Rodríguez que precisamente, ordenó la misión que tan bien cumplimentaron García y sus subordinados. De hecho, inclusive en la actualidad, cualquier presidente argentino se sienta al asumir en el Sillón de Rivadavia, mueble que 200 años después de los sucesos que ventilamos, funciona como atributo de poder de quien decide en nombre del Estado e incide en la suerte de millones de personas. Unilateralidad impensable para el pueblo mapuche en sus tiempos de libertad. Tenían otra manera de hacer las cosas. La tienen todavía.

Adrián Moyano

Adrián Moyano vive en Bariloche (Patagonia argentina). Es periodista, licenciado en Ciencias Políticas y escritor. Es autor de seis libros de historia mapuche. Integra una organización mapuche y un espacio antiextractivista.


Fuente:Desinformemonos.org