
Por: Manuel Alberto Santillana
1. María de Jesús Xoconostle fue una compañera enfermera con quien hice, hicimos, el servicio social en el año 1981 en Álamos, Sonora. José Alfredo Romero Cancio fue un compañero médico familiar, epidemiólogo y maestro de la especialidad médica con quien conviví en el año 1999, en lo que fue el inicio de la Unidad de Investigación en Epidemiología y Servicios del Salud, del IMSS, Sonora. Hace una semana me avisa la hija de María Jesús que tuvo un paro respiratorio y falleció. Ayer me enteré de que el martes ocurrió el deceso, después de una larga enfermedad, del gran José Alfredo. Van unas palabras de homenaje a queridas personas en un momento importante de la vida.
2. María Jesús Xoconostle era la pasante de enfermería de la escuela del IMSS quien provenía de la Ciudad de México. Ella era “la dura”, mientras que sus otras dos compañeras eran las alivianadas, las relajadas. Dura porque no se dejaba ante la carrilla norteña, porque protestaba, era retobona y propositiva, proactiva, aguerrida. Alta, trigueña, de grandes ojos verdes, pelo quebrado color castaño claro y carácter rudo hizo época. Recuerdo que desde ese 1981 hicimos una magnífica amistad. “Tu nos tratas bien, Santi” -me decía- “Nos pides las cosas por favor, eso es lo correcto. Los otros pinches médicos nos ordenan como sus sirvientes”. Ya me imaginaba que con ese carácter iba a batallar toda su vida laboral en el IMSS, pero mantendría su dignidad y porte hasta el final. Treinta años después y gracias al Facebook nos reencontramos en el 2014. Durante tres o cuatro años posteriores nos vimos, una tarde cada 2 años, para tomar un café y conversar en una terraza café de un restaurante en una hermosa y tranquila plaza de San Ángel, en la CDMX. Con gusto nos redescubrimos, ya jubilados los dos y conversamos de nuestras vidas laborales en ese monstruo que es el Seguro Social, de nuestras parejas, matrimonios, hijos y de política. Como era imaginable se la pasó duro en ese instituto donde la obediencia y sumisión son regla, no tanto el cuestionar o defender derechos. Pero salió victoriosa. Me sonrojaba con los malhablada que fue siempre, donde además pasaba de la ternura más exquisita a la majadería más brutal en un par de segundos de conversación, tal era María Jesús. Recuerdo en su voz, actitud y palabras ese talante de lucha sindical, de lucha personal y de apoyo a la izquierda mexicana. A la vez, de repente llorar con gran dolor al platicarme de alguno que otro evento problemático que le pasaba a un hijo o hija y me decía. “Tu eres Terapeuta Familiar, ¿cómo le hago?”. La última vez que nos vimos, ya de noche, paso su pareja por ella y le pedí raíte a una estación del metro porque caía una lluvia sensacional. “Claro que sí” me dijo y nos fuimos conversando los tres en una enorme camioneta Ford Expedition. Ahí me di cuenta del trato cálido, amoroso que tenía para con su pareja. Aún más lo tuvo para sus hijos, para su hija. Amor a sus hijos y dignidad laboral, eso la define. Hasta siempre camarada.
3. José Alfredo Romero Cancio fue primero, en 1982 en el curso de la especialidad de medicina Familiar, mi maestro del curso de Demografía. Posteriormente fue nuestro asesor estadístico en la tesis de las especialidad que hicimos la Yoyita Gloria Garcia, Jesús Armando Haro y yo, bajo la dirección de José Felipe Carrillo. Después desde 1988 hasta 1998 fuimos compañeros de trabajo, ambos médicos familiares de la Unidad UMF 37 del centro de Hermosillo. Todos sabíamos de la dureza de carácter de José Alfredo, pero a la vez de la calidad de su trabajo: impecables notas, exhaustivo trabajo clínico, puntualidad y quisquilloso carácter. En el 1999 iniciamos la Unidad de Investigación en Epidemiología del IMSS en Sonora, primero él y yo, y luego Blanca Rivera y María Elena Romero. Fue ahí donde con el trajinar del trato diario y la colaboración académica cotidiana me percaté del extraordinario ser humano que era el buen José Alfredo. Como algunas personas lo son, detrás de esa cara de seriedad y mal humor se encontraba un ser pleno de honestidad, sencillez e inteligencia. Poco comunes por cierto en el ámbito de la inteligencia académica médica o de la salud, donde el ego resplandece a punta de envidias o traiciones, robo de artículos, ideas o propuestas. Recuerdo bien mi conclusión luego de conversar y discutir posiciones discrepantes sobre un tema de un artículo que estábamos redactando, antes de mandarlo al Journal médico. Lo confirmé en mi: “Éste bato te dice las cosas de frente, nunca te dará una puñalada por la espalda”. Recuerdo una buena anécdota, de las pocas ocasiones que lo miré carcajearse. Resulta que fuimos a dar un curso de Epidemiología a la Unidad de Formación de profesores del IMSS en Cajeme. Esa ocasión yo me llevé a mis hijos Cecilia y Alberto, entonces de 12 y 13 años a visitar a sus primos de Obregón. Ya de regreso, nos regresamos por Bácum y compramos verduras y hortalizas que vendían directamente en los campos, luego unos coricos a la entrada de Bácum. Alfredo les ofreció a mis hijos y ellos, bien educados, aceptaron las galletas de maíz. Luego en Vícam cargamos gasolina y les compré unos pastelitos en el OXXO de ahí, entonces me dijo, “Oye qué buen diente tienen tus hijos”. En Empalme compramos otra golosina y venía encantado. Al pasar por La Pintada, en el camino de Guaymas a Hermosillo me dice, “les voy a preguntar. ¿Quieren una quesadilla niños?”. Mis hijos con toda corrección contestaron: “Sí doctor, gracias”. Y comenzó a carcajearse el buen Romero Cancio. “Se las voy a regalar nomás del gusto que me dan tus hijos. No lo puedo creer. ¡Qué buen diente! ¡Qué bárbaro, cómo te siguen la corriente!”. Buen viaje amigo, que la luz te ilumine siempre.
4. Evoco a Miguel Hernández, querida amiga, querido amigo:
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.






