La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Este fin de semana se cumplen 12 años de los ataques y posterior desaparición de los estudiantes de la escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. En este punto, podría parecer innecesario repetir las generalidades del caso, pero precisamente por eso es más necesario: porque por más que todos sepamos que el grupo de muchachos fue perseguido, atacado y violentado; por más que nos hayamos indignado con la absurda “verdad histórica”; por más que esta haya quedado desmentida una y otra vez; por más que se haya impreso en nuestra mente el rostro desollado de Julio César Mondragón; por más que se haya informado la identificación de restos óseos de Jhosivani Guerrero de la Cruz, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre y Alexander Mora Venancio; por más que no se tenga absolutamente ningún indicio del paradero de los otros 40 muchachos; por más que no se haya hecho justicia a las familias de los 43 estudiantes de Ayotzinapa; en fin, por más que parezca que ya se ha dicho todo del caso, es necesario repetirlo una y otra vez porque si no se va a hacer justicia todavía, al menos debemos empeñarnos en la memoria y no dejar de buscar la verdad.

Atendiendo a este último punto, el de no cejar en la búsqueda de la verdad, ayer se publicó en la revista Wired un texto del periodista Alberto Pradilla hace un recuento de cómo la Fiscalía General de la República (FGR) ha obstaculizado una y otra vez, con argumentos y recursos mañosos y leguleyos, que se haga pública la información contenida en el expediente de la llamada “verdad histórica” construida durante la ¿investigación? del entonces procurador Jesús Murillo Karam.

“Llevo cuatro años intentando que me den el expediente. En este tiempo, intervinieron el extinto Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), dos tribunales administrativos y hasta la Suprema Corte. Ninguno logró que la FGR me proporcionara los documentos”, escribe Pradilla.

En su texto, el periodista hace un recuento de las veces en que ha topado con uno de los pantanos más indolentes de la realidad nacional: la burocracia. (De todos es sabido que en ese muladar ocupa un lugar todavía más pestilente la burocracia judicial.) Cuenta cómo terminó enredeado en lo que describe como “una paradoja: para evitar que se conocieran detalles de su investigación, la FGR terminó pidiendo la ayuda de los mismos a los que la extinta Procuraduría General de la República investigó años atrás y cuyas declaraciones obtenidas bajo tortura sirvieron para armar la ‘verdad histórica’”.

Cuando uno lee la relatoría de Alejandro Pradilla es imposible no sentirse indignado. En primer lugar, por ver cómo las instituciones que deberían de buscar la verdad para hacer justicia en realidad están más ocupadas en ocultarla para perpetuar la impunidad. Esto se vuelve todavía más grave cuando se repasan la viejas promesas de Andrés Manuel López Obrador, que cuando estuvo en campaña prometió —y se comprometió con las familias a— esclarecer la desaparición de los normalistas y castigar a todos actores que fueran responsables, para luego echarse para tras cuando resultó que el ejército estaba más involucrado de lo que la candidez del expresidente le permitía reconocer. ¿Y qué tiene que ver López Obrador en este cuento si dejó la presidencia hace ya dos años? Pues que la administración de Claudia Sheinbaum ha continuado en la misma línea: no hay una verdadera búsqueda de la verdad, sino una apuesta por la opacidad y el encubrimiento.

En la víspera del aniversario número doce de los trágicos hechos de la así recordada Noche de Iguala, leer el testimonio de Alejandro Pradilla es doblemente doloroso cuando se cruza con una reflexión que hizo circular hace un mes el escritor y activista Tryno Maldonado, quien en sus redes sociales dio a conocer la muerte de Francisco Rodríguez, Pancho, padre de Evarardo Roríguez Bello. Escribe Maldonado: “Everardo es el primer estudiante que ha perdido a sus dos padres: nuestra querida tía Minerva y Pancho, de Omeapa”. No son los primeros. Tryno Maldonado señala algo en concordancia con lo relatado por Alejandro Pradilla: “El Estado ha burocratizado el dolor y ha desgastado hasta la muerte a varios padres y madres buscadores”.

Pasan los años así como pasan las administraciones. No importa lo que digan en los discursos: la realidad demuestra que hay una complicidad para encubrir a los involucrados en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en la muerte de Julio César Mondragón y en las atrocidades cometidas aquella noche y en el tiempo que ha transcurrido desde entonces. Funcionarios van, funcionarios vienen, y los hechos desmuestran una cosa que se ha repetido desde entonces: Fue el Estado.

Por eso, por más que pasen los años, por más que se haya repetido la historia, hay que repetirla siempre, porque la exigencia es una: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!


Publicado originalmente en Zona Docs – https://www.zonadocs.mx/

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