Apuntes de mi cuaderno

POR: JORGE TADEO VARGAS

En la década de los ochenta, cuando en Estados Unidos se formalizó la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y se fueron dando todas las leyes que protegían a la naturaleza por sobre algunas acciones antropogénicas, los sindicatos y las organizaciones laborales, vieron estos avances en materia ambiental como una amenaza para sus trabajos. Era comprensible, en esos años, las comisiones o secretarías de medio ambiente no existían a nivel global, muchas de ellas aparecieron como respuesta al surgimiento de la EPA. Existía un miedo de que las empresas cerraran y se fueran a lugares con mayor permisividad en términos ambientales.

Este miedo era justificado, como la historia nos muestra años después, cuando en la década de los noventa y la globalización económica tuvo su cenit con los acuerdos comerciales y los tratados de libre comercio. Esto merece un texto aparte. Lo que quiero resaltar con este repaso es que en esos años, en el inicio de las leyes y secretarías, comisiones, agencias ambientales, las primeras movilizaciones que se dieron fueron de las organizaciones y sindicatos laborales, no encaminadas a detener estas nuevas leyes que protegían a los ecosistemas, sino para encontrar un punto en común; de ahí es que surge el concepto de transición justa, el cual con el paso de los años fue modificando sus objetivos pero que en esa década, como un proto movimiento laboral/ambiental lo que estas organizaciones pedían era que se diera una transición entre los temas ambientales y los temas laborales para que no hubiera una pérdida económica en las comunidades.

Al contrario, la idea o el objetivo era buscar que las zonas de sacrificio – documentadas desde una década antes– se vieran beneficiadas por la protección ambiental, sin que la clase trabajadora perdieran sus empleos. Era el momento exacto para poner un alto a el modelo de producción-consumo basada en sacrificar comunidades y naturaleza, lo cual se logró parcialmente, al menos se logró que se hablara del tema, que tanto activistas ecologistas y laborales dialogaran entre sí para llegar a acuerdos…luego todo se fue al carajo…

En la década de los noventa, con la globalización económica a tope en el cenit del neoliberalismo, el altermundismo tomó fuerza, saliendo a la calle distintas organizaciones y movimientos. En esos años, los sindicatos y ONGs laborales iban de la mano con activistas ecologistas, buscando poner en marcha muchos aspectos de la transición justa, especialmente aquellos que permitan reducir los impactos en las zonas de sacrificio, muchas de ellas se habían movido al Sur Global, precisamente por motivos de flexibilidad en las leyes tanto laborales como ambientales. 

Aquí los tratados de libre comercio y los acuerdos comerciales entre países fueron clave para que esto se diera, pudiéramos incluso suponer que estos respondieron de cierta manera a las alianzas que se iban dando entre distintos sectores de resistencia para buscar proteger tanto a la naturaleza como a las comunidades humanas.

Para el siglo XXI, lo que comenzó a verse fue que hubo un rompimiento entre grupos/sectores, lo cual puede deberse a muchas causas que en su mayoría son supuestos que no me interesa analizar acá, pues el principal objetivo de este ensayo es revisar lo que ha pasado en materia de alianzas que ayuden a avanzar en temas de justicia socio-ecológica, específicamente en justicia climática.

A qué me refiero con esto: a que en un reciente estudio titulado The Left’s Coalition Crisis: Understanding the Massive Divide Between Working Class and College Educated Voters, and How to Bridge it”, escrito por Joan C. Williams y Jared Abbott (basado en los resultados de la encuesta Class Gaps Poll de principios de 2026), analiza la profunda desconexión política y cultural entre la clase trabajadora y los graduados universitarios de ideología liberal o progresista, ofreciendo propuestas clave para construir una coalición política amplia, que aunque lo hace desde las problemáticas que ocurren en Estados Unidos, bien se puede revisar incluso lo que pasa en nuestros países – específicamente en México, que es el caso que mejor conozco -. 

El estudio analiza la desconexión que se da entre personas con un nivel de estudios universitario o de posgrado, que en ocasiones viven en regiones con pocas problemáticas socio-ecológicas si lo comparamos con las zonas de sacrificio que ven en la clase trabajadora, más que una alianza o cooperación, a personas a las que condescendientemente se debe de ayudar –en muchos casos inclusos se las revictimiza o culpabiliza– sin dejarlos ser protagonistas de sus resistencias. En México, hace algunos años, alianzas “manejadas” por académicos e investigadores han sido los espacios desde donde se van cooptando luchas, en muchos casos esto no es el objetivo de estos investigadores, pero las agendas de los grupos al no coincidir tienen mayor peso, quienes tienen mayor influencia, dejando a la clase trabajadora a su merced.

En el caso de la justicia climática – que es muy cercana a las zonas de sacrificio – es más que claro que las políticas, las acciones tanto de mitigación o adaptación no pasan por la clase trabajadora; los motivos son muchos, pero me permito señalar dos: el primero tiene que ver con la falta de una claridad sobre las consecuencias del cambio climático, que si bien presenta causas significativas, estas no siempre son diferenciadas de otras problemáticas causando confusión ante aquellos que no conoce del todo sobre el tema.

Aquí es importante señalar que el calentamiento del planeta y la destrucción del medio ambiente afectan a la clase trabajadora de forma más drástica y de innumerables maneras, desde el aumento de los niveles de estrés por calor para los trabajadores manuales hasta una mayor contaminación del aire en las comunidades obreras y la falta de acceso a alimentos frescos. Por lo tanto la clase trabajadora conforme va pasando el tiempo tiene menos recursos financieros para adaptarse a los impactos presentados por el cambio en el clima y los daños ambientales y ecológicos. 

Las zonas de sacrificio, de servidumbre o de devastación son una parte de los daños que deja este modelo de producción-consumo, la otra cara de la moneda es la clase trabajadora que sufre un racismo ambiental, a la par de un deterioro de la salud ambiental y por lo tanto humana. Aquí es importante señalar que uno de los más grandes fracasos de los movimientos ambientalistas y defensa del territorio es no lograr involucrar a la clase trabajadora en sus luchas. “Uno no patea la cuna que le da de comer” es una frase común en las comunidades al intentar trabajar con los trabajadores de alguna industria contaminante. La incapacidad de hacerles ver como todo está vinculado es un fracaso para lxs activistas.

¿Qué hacemos entonces al respecto?

Necesitamos que la clase trabajadora cree una coalición lo suficientemente amplia y fuerte como para forzar la acción política en defensa de los territorios y por la justicia socio-ecológica.

¿Cómo hacemos esto?

Dándoles mayor protagonismo en sus resistencias y recuperando conceptos como la transición justa desde la perspectiva en la que inició, intentando armar alianzas de trabajo en los distintos sectores.

Esto la derecha lo ha sabido manejar mucho mejor que nosotros, construyendo incluso conceptos o ideas –como la agenda woke– que no hemos sabido contrarrestar. Necesitamos trabajar en una idea que se traduzca en acciones que unan a los activistas por la defensa de la naturaleza y los territorios con los activistas por la defensa laboral.

Judi Bari lo entendía muy bien. Paso muchas horas buscando unir a los trabajadores explotados por las empresas con los activistas ambientales. Estoy convencido de que si ponemos en el punto de la clase trabajadora a los responsables de su precariedad económica, es decir al sistema capitalista y su modelo de producción-consumo, la coalición por una transición justa ira encaminada a superar las zonas de sacrificio y por lo tanto la recuperación ecológica se dará como parte de la recuperación de los ecosistemas.

Desde el (auto) exilio en los bosques de Klatch City