Días de revuelta, días de combate

POR: JORGE TADEO VARGAS

Esta semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) presentó su informe State of Finance for Nature 2026, y el diagnóstico es desolador: mientras el mundo invierte 220,000 millones de dólares anuales en soluciones basadas en la naturaleza, la maquinaria económica global destina 7.3 billones a actividades que la destruye.

Básicamente lo que dice este reporte es que por cada treinta dólares que el modelo de producción-consumo invierte en mantenerse funcionando, se invierte un dólar en buscar soluciones para maquillarse de verde so pretexto de salvarnos.

Estamos ante una guerra, un genocidio ambiental donde la naturaleza y las poblaciones humanas más vulneradas están pagando los costos de esta. Vivimos en una injusticia socioambiental. Que lo diga el PNUMA lo hace aún más preocupante, pues seguramente sin el maquillaje de lo políticamente posible, el escenario es mucho más catastrófico.

Veamos las cifras desde la estadística y la matemática: El informe desglosa esta cifra con claridad: 2.4 billones en subvenciones públicas ambientalmente dañinas —combustibles fósiles (1.13 billones), agricultura industrial (0.41) y agua (0.40)— y 4.9 billones de capital privado canalizado hacia sectores como servicios públicos, industria, energía y materiales básicos.

Es el mismo capital que luego se lava la cara con bonos verdes y fondos de biodiversidad, mientras sigue financiando la extinción. La hipocresía alcanza cuotas grotescas cuando el informe revela que las inversiones privadas en soluciones basadas en la naturaleza apenas alcanzan los 23,400 millones, el 11% del total.

El grueso lo pone el dinero público, 190,000 millones en gasto doméstico y 6,800 en ayuda internacional. Los datos del informe muestran que, hasta ahora, el mercado privado tiene un papel marginal en estas inversiones.

Pero el PNUMA no se limita a constatar el desastre. Propone un marco para lo que denomina el Gran Giro hacia la Naturaleza (Big Nature Turnaround). La Curva de Transición de la Naturaleza es su hoja de ruta: un doble movimiento de fases —eliminar progresivamente las finanzas negativas para la naturaleza mientras se amplían las inversiones en soluciones basadas en ecosistemas. Suena bien sobre el papel, pero choca con el muro de los grandes intereses creados. Las grandes corporaciones no pueden apostar por cambiar el modelo, eso significa un cambio de sistema, lo cual no están dispuestos a hacer.

El informe advierte que, para cumplir los objetivos de los Convenios de Río y los Acuerdos de París,  la inversión en soluciones basadas en la naturaleza debe aumentar más de dos veces y media hasta 2030, hasta los 571,000 millones de dólares, esto a la par de la reducción en el gasto del modelo extractivo, es decir debe ser un movimiento de dos bandas, por un lado el crecimiento de soluciones reales a las problemáticas socioambientales y ecológicas y por el otro una reducción del gasto/inversión del modelo de producción-consumo, piedra angular de todas las problemáticas, es decir, hay que desmontar el motor del capitalismo extractivista y reconstruirlo sobre bases ecológicas. Una tarea colosal que exige liderazgo político determinado, reformas fiscales y, sobre todo, una valentía que escasea en las cúpulas del poder o sencillamente no escasea, sino que los gobiernos, especialmente en el Sur Global, región que pone la mayor cantidad de daños, son cómplices del deterioro y el maquillaje verde.

En México uno de los países con mayor biodiversidad en el mundo, el gasto público para proyectos basados en la naturaleza apenas alcanza el veinte por ciento, una cantidad irrisoria para las problemáticas socioambientales a las que nos enfrentamos, al contrario de los proyectos extractivistas y privatizadores, donde el gasto público y la inversión privada es considerablemente mayor, solo hay que sacar la cuenta, por cada dólar que se invierte en proyectos basados en la naturaleza, treinta se invierten en proyectos extractivos, hay que mencionar que más del noventa por ciento de los proyectos basados en naturaleza, sólo lo son de maquillaje, es decir que a largo plazo mutan a proyectos que ponen en riesgo ecosistemas enteros.

Las subvenciones a combustibles fósiles (7,500 millones) y agricultura (2,500) superan con creces esa cifra. La conclusión es implacable: sin reforma de los subsidios, sin eliminación de los incentivos perversos, cualquier inversión verde es un parche mediocre en un barco que se hunde.

El informe termina con una pregunta incómoda: ¿qué sociedad queremos construir? Si seguimos en esta ruta, el colapso ecológico no es si va a pasar, es cuándo. El tiempo se acaba y los números no mienten, más que contestar la pregunta que nos deja el PNUMA como reflexión, seria importante entender que nos estamos enfrentando a un colapso que puede cambiar la geopolítica global y eso ya se convierte en un problema mayor que afectará el cómo se relacionan los países entre ellos; sin embargo el problema mayor al que nos enfrentamos es al cambio radical de la naturaleza, la pérdida de ecosistemas, extinción masiva de biodiversidad, nuevos límites planetarios, es decir un cambio en las dinámicas poblacionales, en los factores bióticos y abióticos que no han ocurrido nunca en la historia de la humanidad y presentan retos que es muy difícil que podemos sobrellevarlo. Ni la tecnología, ni el regreso al feudalismo nos preparan para lo que se viene de continuar perpetuando un modelo de producción-consumo y un sistema de clases que solo busca el beneficio de unos cuantos, poniendo en jaque a la naturaleza y las comunidades humanas más vulneradas.

Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City

Jorge Tadeo Vargas es profesor, traductor, escritor, exactivista, anarquista y panadero casero.