Días de revuelta, días de combate

Con información del ejército de los 12 monos

POR JORGE TADEO VARGAS

Desde hace cerca de veinticinco años me dedico a estudiar de forma informal el tema de la justicia climática y toda la relación de esta con los Gases de Efecto Invernadero, desde el llamado primero antropoceno para después darle paso al capitaloceno, dos conceptos que intentan resumir como estamos viviendo una era geológica determinada por los impactos de los seres humanos o del sistema de gobierno actual – aunque este impacto se viene dando desde el paso de recolectores-cazadores a agricultores –

Lo que quiero decir es que por muchos años me moví – como lo hacen muchos – desde la lógica que toda la problemática se centraba en el conteo de emisiones – mitigación/global – dejando fuera o solo como una medida de adaptación todo lo que tuviera que ver con la recuperación de ecosistemas, pasando por alto evidencias específicas que dejaba fuera en mis otras investigaciones relacionadas con el enfoque ecosistémico y la gestión de cuencas. Esto fue un error mío, al no intentar complementar estas investigaciones. Error que en los últimos meses he ido tratando de contrarrestar, haciendo este cruce para tratar de explicar que si bien el CO2 es un responsable de la crisis climática, quedarnos SOLO con esto es no ver el panorama completo y por lo tanto el feudalismo tecnócrata tiene mayores oportunidades de triunfar ante el colapso climático.

Aquí quiero hacer un par de pausas, previo a centrarme en el tema que iré desarrollando en esta columna. Lo primero es que aunque aquí me centraré en la importancia de recuperar los bosques – entendiéndolos más allá de lo que nos venden como bosque – este texto está relacionado con mis otras dos columnas publicados, aquí en el portal de Libera Radio y los tres que publique en mi Substack – http://primaindie.substack.com – sobre cuencas, el pequeño ciclo del agua y cambio climático, por lo que es importante tener en cuenta que el punto central de estos textos es poner a la naturaleza como la vía principal de equilibrio climático y la devastación – extracción – es una causa/consecuencia tan importante como las emisiones de Gases de Efecto Invernadero.

La segunda pausa – y posiblemente un indicador muy importante – es que en el mes de febrero, aun en invierno, México tuvo dos días en el ranking de las ciudades con mayor temperatura – arriba de cuarenta grados – a dos ciudades que se caracterizan por ir perdiendo su vegetación y sus ecosistemas. Estas son las ciudades de Monterrey – el 24 de febrero del 2026 – en el número cinco y Hermosillo – el 24 y el 28 de febrero – en el número dos. Es decir que las predicciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático se están cumpliendo a rajatabla, por lo que podemos asumir que para este año la sequía será aún mayor, llegando al 2030, con una pérdida de más del sesenta por ciento de sus cuencas. Este es el escenario en el que estamos parados con respecto al cambio climático.

Desde estas dos pausas podemos sacar un par de conclusiones: uno; el tema de las emisiones tiene una influencia global en el clima y hay que revisarse, por supuesto, no se debe de dejar de insistir en buscar otro modelo de producción-consumo, anticapitalista y comunalista. Dos; el escenario nos dice que el trabajo local, comunitario es igual o más importante que las cumbres o conferencias de países donde por más de treinta años no han logrado un acuerdo.

Ahora bien, entremos de lleno en el texto o mis objetivos a puntualizar en esta columna: en la narrativa contemporánea sobre el cambio climático, solemos caer en el error de la “tecnocracia verde”. Buscamos soluciones en la innovación, en la captura mecánica de carbono o en planes masivos de reforestación que parecen más campañas de marketing que esfuerzos ecológicos, sin embargo desde hace varios años hay toda una corriente de pensamiento y acción que parte de la idea de que los bosques existentes crezcan sin interferencia humana hasta alcanzar su máximo potencial biológico. Es decir cambiar esa lógica de que los “servicios ambientales” son para nuestro beneficio económico y dejar a la naturaleza y sus procesos en paz, dándoles la oportunidad de alcanzar su potencial biológico sin la interferencia humana, mucho menos del modelo de producción-consumo. A esta corriente de pensamiento y acción se le conoce como proforestación. También algunos la llaman rewilding que es dejar a la naturaleza en su estado salvaje.

La proforestación nos obliga a cuestionar la visión del bosque como un mero “recurso” o una “plantación de carbono”. La proforestación no es simplemente dejar que los árboles crezcan; es un cambio de paradigma que reconoce al bosque como una entidad inteligente, un sistema complejo que funciona mejor cuando nuestra mano – incluso la que cree estar ayudando – se aparta de los procesos naturales.

Durante décadas, la reforestación tradicional nos ha convencido de que un bosque “sano” es un bosque gestionado. Se nos ha dicho que debemos entresacar árboles, limpiar el sotobosque para prevenir incendios o sustituir árboles viejos por ejemplares jóvenes y “vigorosos” que absorban carbono más rápido. Desde la proforestación se desmitifica, pues aunque un árbol joven puede crecer rápido, los bosques maduros y antiguos son los verdaderos titanes del almacenamiento de carbono. No se trata solo del tronco; se trata del suelo, de las redes de micelios (hongos) que conectan las raíces y de la biomasa acumulada durante siglos.

Cuando talamos un bosque para “reforestarlo” con monocultivos, destruimos un banco de carbono que tardará décadas, sino siglos, en recuperarse. La proforestación nos dice que el carbono más valioso es el que ya está capturado y que sigue acumulándose exponencialmente en los árboles de gran diámetro. Los monocultivos han sido la base de todas las políticas climáticas que ha puesto a funcionar la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, una práctica que solo ha contribuido a que las corporaciones transnacionales se hagan más ricas, pero no ha servido en las acciones contra la crisis climática.

Un punto importante de la proforestación es algo que muchos investigadores llaman la bomba biótica, que se refiere a cómo los bosques no solo reaccionan al clima; lo crean a través de la transpiración, las selvas y bosques antiguos bombean humedad hacia la atmósfera, creando gradientes de presión que atraen vientos cargados de lluvia desde los océanos hacia el interior de los continentes. De ahí que no solo sean reguladores climáticos, sino también creadores de biomas que enfrían el planeta, creando una combinación equilibrada entre las emisiones de CO2 y mantener los ecosistemas sanos.

Cuando fragmentamos un bosque o lo convertimos en una plantación industrial, interrumpimos este ciclo hidrológico. Un bosque joven o una plantación de pinos en hileras perfectas no tiene la capacidad de regular el ciclo del agua de la misma manera que un bosque complejo y antiguo. Al defender la proforestación, no solo estamos luchando contra el calentamiento global, estamos defendiendo la estabilidad del agua potable y de las lluvias que sostienen nuestra agricultura, más allá de la agroindustria y todos los impactos que genera, esta pues recordemos que la industria agrícola actual es un factor determinante en los monocultivos y la deforestación. Punto a tener en cuenta si observamos a Hermosillo como una de las cinco ciudades más calientes del mundo y su relación con la agroindustria.

Tenemos que trascender de esa visión humana de que los bosques están para servirnos -madera, esparcimiento, créditos de carbono, etc. – Un bosque que se deja a su libre evolución se convierte en un refugio de biodiversidad que ninguna plantación humana puede replicar. Los árboles muertos que caen y se pudren – lo que un gestor forestal tradicional llamaría “suciedad” o “combustible” – son en realidad el hogar de miles de especies y el motor de la fertilidad del suelo.

Adoptar la proforestación requiere un ejercicio de humildad que rara vez practicamos. Significa admitir que la naturaleza sabe más de ecología que nosotros. Significa entender que el “progreso” a veces consiste en retroceder y dejar espacio. Significa dejar de pensar desde esa visión de que la naturaleza está a nuestro servicio para entender que formamos parte de ella y que cualquier desequilibrio nos afecta directamente. Hablar de colapsos civilizatorios es hablar de una pérdida significativa de nuestra conexión real con los ecosistemas que habitamos.

Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City

Profesor, escritor, traductor, exactivista, anarquista y panadero casero.

Imagen: Bosque de Chapultepec, CDMX.